El feminismo es el movimiento social y político más importante de los últimos 300 años que al día de hoy, sigue vivo.

Ha tenido momentos de mayor luz en función de sus distintas luchas emancipatorias y en los años recientes, vivimos un resurgimiento muy fortalecido en el que convergen diferentes causas: el combate a las violencias contra las mujeres y el feminicidio; los derechos sexuales y reproductivos; el reconocimiento a decidir sobre nuestro cuerpo y el aborto; las distintas desigualdades que por razón de género vivimos, etc.

Todo ese abanico que está en la agenda de las mujeres y que se defiende apasionada y comprometidamente desde la sociedad civil, converge en el ámbito político porque es ahí donde las causas se gestionan.

Ése fue el reclamo de las sufragistas, quienes exigieron el reconocimiento del derecho a votar y ser votadas buscando participar de las decisiones públicas que se tomaban, aspirando a que al hacerlo, la realidad de vida de las mujeres podría mejorar.

Tal ha sido el sueño que inspiró a las mujeres a incursionar en la política, pero su incorporación a cada uno de los espacios de representación ocurrió tan lento, que la ONU estimó que podría tomar más de un siglo acabar con la brecha que nos separa de los hombres en materia de igualdad, por lo cual hubo que implementar acciones afirmativas que fueran permitiéndonos avanzar a un paso más acelerado y así llegamos a la política de cuotas, en donde los lores del patriarcado – los partidos políticos – implementaron toda clase de triquiñuelas para evitar cumplir con la ley y abrir espacios a la participación de más mujeres.

Aun cuando desde 2014 fue elevado a rango constitucional el principio de paridad, 2019 y 2020 serán recordados para siempre como los años en los que la Paridad en Todo llegó para quedarse.

Y vaya momento en el que ocurre.

Estamos en la antesala del primer proceso electoral que tendrá lugar después del más estridente grito ciudadano de Ya Basta expresado en las urnas en 2018, en donde se le confirió el voto de confianza a un partido nuevo con rostros ya conocidos, a quienes la preferencia electoral les dio la oportunidad de encabezar la Presidencia del país y les entregó el control de absolutamente todos los cargos de elección popular existentes.

Para las mujeres éste ha sido un proceso de desilusiones. Pese a que muchas feministas, activistas y defensoras de derechos humanos apoyaron el proyecto político de quien hoy ocupa la Presidencia, convencidas de que se trataría de la llegada al poder de un gobierno de izquierda que sería sensible con la causa común que en apariencia compartían, la realidad es que ha demostrado poco compromiso con todas las causas sociales, las de las mujeres incluidas.

Es cierto es que a ningún gobierno y a ningún gobernante le gusta tener que compartir el poder y menos tener que reconocer omisiones tan lamentables como las que nos agravian a las mujeres. Pero lo que ha quedado claro es que el machismo y la misoginia son prácticamente iguales en la derecha, el centro y la izquierda, como hemos podido constatarlo.

Recortes presupuestales, violencias institucionales que incluyen no tan solo la falta de políticas públicas comprometidas, sino la falta de perspectiva de género y de sensibilidad en la ejecución de las acciones, son parte de la realidad que nos ha mantenido en la defensa permanente de una causa que se multiplica.

Colectas de firmas para evitar recortes, marchas para exigir acciones efectivas que detengan la barbarie, organizaciones de redes reales y virtuales para multiplicar las voces y un gran paro de labores pintaron con brillantina la primavera mexicana y, cuando la pandemia pudo quizá hacerles suponer que la Resistencia Feminista se desarticularía, nuestra enorme fortaleza nos ha obligado a sobreponernos, entendiendo que debemos luchar y dar voz a otras mujeres a quienes el confinamiento les ha llevado a vivir un infierno de múltiples violencias.

Quizá pensaron que al incluir feministas en el gobierno o por proceder de una militancia común con mujeres que sí son de izquierda, habría alianzas que les dieran margen para sus acciones. Claramente no ha sido así.

Que no se olvide que la nuestra es la causa de las mujeres. Nuestro respaldo no es un cheque en blanco para nadie. Las mujeres apoyamos proyectos, no personas.

Hoy que inicia el último año legislativo en la actual Cámara de Diputados y el tercero en el Senado, nuestro mensaje es claro: menos moños rosas o naranjas, menos imposturas al momento de sumarse a “hashtags” políticamente convenientes y más acciones concretas: leyes que reconozcan derechos, presupuestos que garanticen programas de atención, impulso a instituciones que realmente funcionen.

La paridad que ustedes gozan como Diputadas Federales y Senadoras, debe servir para la igualdad sustantiva, o no sirve.

No hay democracia que sobreviva sin contrapesos y nosotras somos ese balance.

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