Tengo cuatro tatuajes, luego de cumplir los treinta años y con todos los protocolos que la sociedad y la familia imponen me hice el primero, tres estrellas de diversos tamaños que cuentan la historia de mi pequeña familia, de los que están y los que nunca 

estarán. 
Lo hice un 9 de diciembre de 2010, fecha en la que 15 años atrás aprendí que algunas decisiones son irreversibles, que cada momento tiene siempre consecuencias y que hay historias que te dejan una marquita pequeña e imperceptible, pero eternamente dolorosa en el corazón.
Eran las cuatro de la tarde, tenía dinero y tiempo  de sobra y con la parsimonia de un pavo real entré a la tienda de tatuajes, con la decisión con la que va un tigre a cazar a su presa establecí las especificaciones y desnudé mi espalda entonces virgen de tintas, el sonido de la máquina me hizo volver a las horas nalga de mi infancia con la boca abierta frente a un dentista mal encarado que de cuando en cuando amenazaba con inyecciones y terribles sufrimientos si me movía tan sólo un milímetro.
Y de pronto, un tirón parecido a uno de los rasguños propinados por alguna de mis hermanas y pensé, ¿a poco esto es todo?, fue quizás una media hora en la que me enteré que soy capaz de soportar leves dolores que al final derivan en arte y tinta grabada para siempre en la piel, salí de ahí con la misma cara que pone un niño al robar un dulce y no ser descubierto, al final había transgredido las reglas de la moral familiar y había hecho algo por y para mí por el simple gusto de hacerlo.
El segundo tatuaje me nació en la víspera de la partida de aquel amor que prefirió su ciudadanía francesa que dormir eternamente abrazado a mi cintura (con el tiempo entendí que yo hubiera elegido lo mismo), así que pocos días antes de su partida quise mostrarle mi mandala de barakah, que hace referencia a las personas que tienen bendiciones divinas y portan en su sino suertes providenciales.
Fue un 30 de septiembre de 2011 en el que pasé poco menos de cuatro horas entre lamentos y lagrimas estáticas, de esas que no salen por puro orgullo, entre cigarrillos y suspiros ahogados por frases como "ay mi madre", "espérame tantito" así como temblores varios.
Ese tatuaje dolió tanto como la partida del mexicano-francés en cuestión y aún cuando paso mis dedos entre esos garigoles negros, puedo recordar como las últimas tardes gozosas que tuve con ese hombre, mi tatuaje aún con olor a Bepanthen y costras se desvanecía igual que la ilusión de mantenerlo a mi lado, a diferencia de ese arqueólogo mi tatuaje nunca me dejaría.
Mi tatuaje número dos es como un recordatorio para siempre ver mi buena suerte y no la mala, para tener en cuenta que las personas vienen y van pero que uno es quien debe permanecer atado a sí mismo cada uno de los días hasta que llegue el final.
El tercero llegó un 30 de agosto de 2013, año en que la vida me enseño que es importante tener raíces, que los pies deben estar en el suelo, aunque siempre listos para despegar hacia el cielo cuando llegue el momento y que las personas somos como los arboles, conectados a ambos elementos, cambiando de hojas de cuando en cuando, pero permaneciendo siempre fieles a sí mismos.
Sus raíces, que abrazan discretas el nombre del hijo, me recuerdan que hay cosas de verdad importantes y que siempre existen prioridades a veces tan dolorosas como la punta de una máquina potente que te atraviesa veloz cada poro de la piel.
Los tatuajes son entonces adicciones que nos recuerdan quienes somos, tintas que se entremezclan con nuestra sangre sellando un pacto de por vida y así llegó el cuarto.
Empecinada como soy en ir a mi playa oaxaqueña se me frustraron los planes y necesitaba algo que me recordara que las cosas tienen su propio tiempo y que la vida vuela solo cuando es el tiempo indicado, por lo que me hice dibujar una colorida y hermosa pluma pocos días antes de llegar 2015.
La pluma no solo significa la libertad que sueño que un día cualquiera me abrace y me arranque de una vida que por el momento no me llena, también representa una de mis pasiones más obsesivas, la de escribir como mero método de salud emocional.
Se me cuestiona de manera recurrente si seguiré "lastimando" mi cuerpo, he visto la desaprobación en las caras reprimidas de las madres de los amigos del hijo, incluso han llegado las declaraciones de que no entraré al cielo, cosa que me importa lo mismo que la reproducción de las hormigas.
Aún algunos me preguntan lo que haré cuando envejezca y los pliegues de mi epidermis muerta se pierdan entre los finos trazos de la tinta, yo contesto que haré simplemente lo mismo que hago hoy en día, acariciar cada una de mis pinturas para recordar quién soy.

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Comentario de Abuela, Abuela el mayo 5, 2015 a las 10:16pm
Mariangel: tatuajes en la piel, tatuajes en el alma. Unos se ven, los otros no pero tamabien existen. Saludos.

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