Sobre violencia obstétrica y tu cuatro mes de vida: carta a Fernanda Donají

Hace cuatro meses, a las 18:31 horas llegaste a mi vida. Después de nueve meses de llevarte dentro de mí, de cantarte, de acunarte, después de aprender y vivir muchas cosas juntas, siendo una, viviendo el milagro de un cuerpo con dos corazones, después de eso, te pude tener entre mis brazos.

Ahora duermes junto a mí y aprovecho este momento para escribirte esta carta, de repente buscas mis manos entre sueños y te acaricio, suave, para que sepas que no estás sola.

Antier, cuando caminábamos de regreso a casa, te conté la parte bella de la historia de tu nacimiento: la gente que te esperaba, el momento en que nos vimos las caras por primera vez, los cuidados, los mimos, la llegada a casa. Pero me hace falta contarte la otra parte.
Que te quede claro, cuando puedas comprender estas palabras, que lo cuento no para causar un estigma, sino para que por medio de la denuncia esto no se vuelva a vivir. Espero que cuando tú decidas tener hijos, si es que así lo deseas, no te toque vivir nada cercano a lo que nos tocó pasar juntas.

Cuando llegué al hospital se trataba de un caso de emergencia. Me recibió un médico muy amable que me explicó tu estado de salud y me informó lo que había que hacer. Un enfermero atento me trasladó hasta la sala de espera donde otras mujeres aguardaban el momento de parir. Era el momento del cambio de turno y las enfermeras discutían sobre qué turno debía recibirme. Un enfermero intentó poner los canales para el suero en la mano derecha pero era tal su mal humor que reventó mi vena y el morete duró dos semanas más. El mismo chico que me había llevado hasta ahí puso los canales en el brazo izquierdo{.

Ingresé a esa sala de espera y unos minutos después llegó Mildren quien era nuestra doula. El hospital tenía un acuerdo con Familia Nueva para que las doulas pudiesen hacer el acompañamiento. Mildren estuvo un buen rato aliviando los dolores y vigilando la comodidad, no sólo nuestra sino de otras mujeres pero, cuando llegó la ginecóloga responsable en turno a revisarme, la corrió de la sala.
La doctora quiso escuchar los latidos de tu corazón pero no tenía ni idea de cómo usar el doppler. Más de cinco minutos estuvo intentado escucharte claramente hasta que una enfermera le hizo el favor de ayudarla. Llegó la hora del tacto y sin decir ni ‘agua va’ abrió mis piernas y metió su mano. Fue dolorosísimo, sobre todo porque en todo el embarazo sólo me hicieron tres tactos sin embargo, ella se encargó de que para después del parto yo hubiera completado el equivalente a uno por mes. La doctora también tuvo a bien portarse grosera conmigo. Mildren volvió  a la sala a cumplir su trabajo “en este espacio las reglas las pongo yo, no importa qué tratos tengan con el director, esta es mi área y no te quiero ver por aquí” le dijo la doctora a ella; “¿piensas que tienes más derechos que las demás? No puedo dejar que tengas una acompañante y las otras no. No te voy a tratar de manera especial” me dijo a mí.

A partir de ahí comenzaron los tactos seguidos y sin motivo, ya que era claro que yo, después de cuatro días de labor de parto, no dilataba ni un milímetro.

La doctora también se encargó de “informarme” que no podría hacerme una cirugía estética porque no podía ‘perder el tiempo’.

Durante la cirugía el anestesiólogo habló conmigo largo y tendido. Ya no puedo recordar qué decíamos, de lo que sí me acuerdo es que le dije que no me dejara dormir porque quería estar consciente.

Cuando por fin pudieron sacarte de mi interior, pegaste un grito y luego te pusieron sobre el campo estéril para que yo te viera. Estabas pequeña y arrugada, pero tus hermosos ojos estaban abiertos, buscando hasta que me encontraron.

Entonces te llevaron a limpiarte, medirte y pesarte. 50 centímetros y 3070 gramos era lo que cargaba adentro de mi panza.

Cuando terminaron de limpiarte y de cerrarme, te pusieron entre mis piernas y nos llevaron a la sala de recuperación. Tú no tenías hambre cuando naciste, así que no quisiste comer la leche que te ofreció la enfermera en la sala de recuperación pero poco después comenzaste a llorar. Se te había abierto el apetito. Las enfermeras te dejaron llorar más de una hora, a pesar de que les dije que te dieran de comer o me dejaran amamantarte. Una de ellas me contestó que estaban muy ocupadas y que hasta que terminaran te darían de comer. Aún cuando se desocuparon, alimentaron primero a otros tres niños que ya habían comido antes, y te dejaron llorar hasta que casi no se escuchaba tu voz.

Poco después comencé a tener comezón en la cara, luego en el pecho, luego en todo el cuerpo. Cuando avisé a las enfermeras que eso me pasaba, corrieron a preguntar a los médicos. Llegó el anestesiólogo a decirme que era ‘normal’ porque me había vertido un medicamento directamente en la herida a la hora de cerrarla para que no doliese después. Dijo que todas las pacientes experimentaban esa reacción alérgica y que no pasaba nada. Pero nunca me informó que lo haría.

Una vez que pasó la anestesia pedí a las enfermeras que me dejaran abrazarte porque estabas fría, pero me dijeron que no. Me impidieron tener contacto piel a piel contigo durante tus primeras tres horas de vida y más.

Cuando me pasaron a lo que ellos llaman piso, por fin te di pecho y te acurruqué en mis brazos, como a las 4 de la mañana una enfermera me dijo que debía bañarme para que me volviesen a fajar. El agua de la regadera estaba fría. Cuando salí de la ducha tu tía les avisó a las enfermeras para que me fajaran de nuevo. Eso sucedió varias veces desde las 4:30 hasta después de las 8  am cuando llevó el cambio de turno. Tuve que alimentarte varias veces durante la madrugada, así que la herida se abrió y ni por eso acudieron las enfermeras a vendarme nuevamente. Unos días después de volver a casa la herida continuaba abierta y sangrando. De no ser por los cuidados de tu tía, no hubiese cicatrizado.

A las doce del día nos dieron de alta pero la excesiva burocracia del hospital hizo que llegáramos a casa al anochecer. Los pediatras del hospital no te revisaron bien y al salir estabas deshidratada. La misma madrugada del día que nos dieron de alta, tuvimos que volver al hospital porque ardías en fiebre por culpa de la deshidratación. Ellos debieron darse cuenta.

Todo esto que te cuento, que ya sé que es largo, todo eso se llama violencia obstétrica. Muchas mujeres podrían decir que es normal pero no podemos seguir haciendo invisible algo que es, a todas luces, una violación a los derechos humanos.

Esto que te cuento es a la vez una carta abierta que se quedará, si la tecnología no nos rebasa, en el vasto mundo del internet para que otras mujeres sepan que también fueron violentadas.
Como parte de mi contribución a que eso acabe y a ti te toque vivir algo mejor, ayer colaboré con Dunia Campos y GIRE contando nuestra experiencia, que al mismo tiempo servirá como denuncia de las cosas que una mujer que da a luz en los hospitales públicos tiene que vivir.

Es claro que no es el único caso, de hecho, antes de que tú y yo nos pusiéramos frente a la cámara, otras mujeres lo habían hecho ya. La idea es que se alce la voz y que todo el mundo sepa que el servicio público de salud en México se pasa por alto todas las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud respecto al parto.

Lo importante, mi vida, es que no nos quedemos calladas ante la injusticia y la violencia. Espero que cuando tú crezcas no tengamos que seguir conmemorando días de la eliminación de la violencia contra las mujeres, que los 16 días de activismo que año con año se llevan a cabo, surtan un efecto próximo y tu vida como mujer sea mejor que la mía, la de tus abuelas y tus bisabuelas.

Fernanda Donají, nunca dejes que nadie te diga que es mejor quedarte callada. Si perpetuamos la cultura del silencio también hacemos eterna la violencia contra los grupos vulnerables.

Si esta carta llegara a los ojos de algún médico: que sepa que el ser humano está compuesto por cuerpo y emociones, con la violencia que se ejerce intentado salvar una vida, se daña a una persona para toda la vida. Se necesita valor y fe para superar lo vivido.

Amigxs activistas: no desistan, no paren en su lucha de hacer del mundo un lugar mejor para vivir. Gracias por abrirme los ojos.

Fernanda Donají: este es testimonio de tu llegada al mundo pero saliste triunfante de ese momento crucial en tu vida, eso es muestra de que nada ni nadie te puede vencer. No te quedes callada, di lo que piensas y atrévete a ser coherente. Tú misma te lo agradecerás algún día.

 

Te amo.

 

Mamá.

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Comentario de Claudia Calvin Venero el diciembre 4, 2013 a las 6:20pm

Bebé preciosa, querida y esperada Fernanda Donají. Tienes a una mamá muy valiente, dispuesta a dar todo por ti, y ser al mismo tiempo, ejemplo para otras mujeres.

Espero poderte conocer pronto y abrazarte. Ya te conozco, en palabra, en mi imaginación y en el corazón de tu mamá. 

Gracias Kelebek pór tus constantes muestras de valentía y por no guardar silencio. 

Un beso grande.

Claudia 

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