Recogiendo los pedazos rotos La familia en la definición del ser mujer

La violencia de género está presente en las distintas esferas de lo público y lo privado. Sin embargo, es en “lo íntimo”, donde las cifras de mujeres violentadas sigue creciendo a pesar de las leyes y políticas públicas que buscan su disminución.
Sin duda, para comprender los ciclos de violencia contra las mujeres y niñas es fundamental considerar lo simbólico como parte de la agresión que a diario se emprende contra lo femenino, desde el seno familiar o de pareja, y que se refuerza en la socialización que se da en el ámbito público.
La violencia invisible transita de generación en generación como parte de una estructura conformada de dinámicas que se generan en la cotidianidad. Se aprende a ejercer violencia y a tolerarla como aprendemos a caminar, con el impulso de los otros; como definimos nuestro lenguaje al escuchar sus sílabas; como definimos nuestros gustos y modismos, al interactuar con nuestra familia y amistades.
Históricamente los roles que nos han sido asignados a las mujeres, han formado parte del devenir diario en la sociedad y desde adentro de nuestras familias. Vemos así la rutina de las madres de familia y el sacrificio de las abuelas que de generación en generación asumen la responsabilidad del cuidado, y pocas veces logramos dilucidar que lo vivido por ellas no fue precisamente honorabilidad, sino un victimismo callado, una vida sin goce de derechos, una libertad denegada a decidir sobre su vida, sobre sus sueños.
Las mujeres en nuestra familia enarbolan el ideal impuesto socialmente, que educa en la sumisión total a la familia y a las responsabilidades del hogar, que incluye la dependencia y pertenencia a los otros.
En el México actual la relación donde ocurre con mayor frecuencia la violencia contra las mujeres sigue siendo en el ámbito privado. El 43.9% de las mujeres que tienen o tuvieron una pareja, sea por matrimonio, convivencia o noviazgo, han sido agredidas por su pareja en algún momento de su vida marital, de convivencia o noviazgo. Por ello es importante voltear al pasado, reconstruir el escenario porque el que no transitamos, pero que define en gran medida nuestros aprendizajes.
Reconstruir la cotidianidad donde se definieron las historias de nuestra familia, nos permite desarrollar empatía por quienes cedieron su infancia a la responsabilidad de ser madres y esposas. Por quienes aun siendo niñas, dejaron de atender familias nucleares para servir en una nueva casa. Parir, proteger y cuidar hijos, moler café, trigo y maíz, amasar, coser frijoles y granos, remendar y lavar ropa, ir y regresar de hospitales y escuelas, sembrar, ordeñar y destazar animales u hojas de acelgas.
Remembrar a las mujeres de nuestro pasado, es clarificar la vida de tantas mujeres del presente, las que no han tenido tiempo de soñar con gustos propios y decidir sobre su sexualidad. Quienes trabajan sin descanso las 24 horas de cada día, que no conocen días de asueto, y no tienen compensaciones monetarias, ni derechos laborales.
Como ejercicio de reflexión hago un alto en el camino, y casi en tintes blanco obscuros, como sueños lejanos, veo en la distancia aún las arrugas en sus rostros y esa luz de esperanza en sus miradas que nunca se apagó, y que por años mantuvo la llama de ese inmenso amor que reconocieron en todos sus descendientes.
Si la vida me diera oportunidad de volverme a sentar en esa mesa redonda, punto de reunión de pláticas interminables y de comidas comunales, donde al avanzar la tarde y finalizar largas jornadas mi abuela materna hacia figuritas con la masa que quedaba en sus dedos…
Si volviera a estar parada y recorrer los amplios patios donde mi abuela paterna regaba con trigo y agua a decenas de gallinas, donde escogería a la más grande para desplumarla y correr a su cocina para preparar una grande olla de caldo…
Si tan solo tuviera oportunidad de verlas de nuevo a los ojos y tomarles sus tibias manos, yo les pediría perdón. Perdón por no reconocer que merecían descanso, por no ayudarles a ver que el amor no se define en el silencio. Perdón por no mostrarles que el amor propio debe ser el primer y gran amor, y que juntas buscaríamos la forma de vivir seguras. Si volviera a verlas por un instante, trataría de enseñarles sus derechos de decidir, de soñar y de tomar las riendas de sus vidas.
Reconocer nuestra historia nos hace visibilizar la violencia aprendida, la violencia que se pasa e generación en generación, que educa en la cotidianidad.
Recogiendo los pedazos rotos, nos ayudamos a reconstruir nuestro presente y reconocer lo que desde dentro, desde nuestra particularidad podemos trabajar para ir transformando la realidad social de manera habitual a favor de los derechos de todas.
Dulce María Esquer Vizcarra
Artículo publicado en Revista Mujer y poder. Ed. Diciembre 2017 www.mujerypoder.com.mx

Sobre la autora: Mtra. en Ciencias Sociales con especialidad en Políticas Públicas, por El Colegio de Sonora. Ex Coordinadora Estatal del Programa PAIMEF para prevenir y atender la violencia contra las mujeres. Colaboradora y ejecutora de distintos proyectos sociales y de estudios de género. Actualmente asesora en la Comisión para la igualdad de género en el Congreso del Estado.

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