Todas y todos tenemos una etapa añorada en nuestra vida, misma que a través de aromas, sonidos, sabores e imágenes nos es posible evocarla, al menos así es para quienes antes del maravilloso uso de Facebook y sus bien logrados reencuentros generacionales, optamos por el recurso romántico de la memoria y las sensaciones, sin dejar de sonreír ante los recuerdos.

El entorno tradicionalista y las actividades de la Semana Mayor típicas de la ciudad en la que nací y crecí provocan en mí esa tranquilidad propia de la vida en provincia, provincia costumbrista y además conservadora; si, doble moralista también. No es que me guste mucho ser potosina, tema que en otra entrada del blog trataré, pero el gentilicio es algo que genéticamente tengo muy arraigado, así que tomo solo lo favorable del carácter y prefiero ambientarles en el maravilloso clima que privilegia a San Luis Potosí, sus hermosos edificios de cantera, sus calles empedradas que han torcido bastantes tobillos y ese aire tan positivo y particular que le envuelve durante la llegada de la primavera.

 

 

Dicha estación es mi predilecta porque en días como estos durante la década de los 90 sucedieron cosas maravillosas en mis tiernos 16 años, cuando mis objetivos en la vida eran cumplir con los deberes escolares, obtener buenas calificaciones, amar la cálida vida familiar que mis padres me brindaban, divertirme con las ocurrencias infantiles de mi hermana menor, disfrutar la complicidad de mis mejores amigas y por supuesto, descubrir al primer amor.

Con el contexto social ya descrito, podrán imaginar mi tímida adolescencia y mi ingenuo despertar al amor platónico; aunque en la secundaria ya había experimentado un primer novio, no fue sino hasta el bachillerato que conocí a aquél que provocó en mí una ilusión, un apuesto joven de estilo militar quien con su sola presencia y varonil voz ponía mi mente en blanco y quitaba de mi boca toda palabra coherente.

Estudiábamos en diferentes escuelas pero pertenecientes a un mismo sistema, de esos colegios de bachilleres representados por una mascota, así pues, digamos que él era un halcón y yo era un búho. Debido a los encuentros intercolegiales efectuados en el mes de noviembre y mejor aún, los efectuados en marzo o abril, fue posible entablar una amistad, no recuerdo exactamente cuánto tiempo duró esa relación pero disfruté cada minuto a su lado así como las maratónicas conversaciones telefónicas; nunca fuimos novios, ni siquiera supe si hubiera habido una posibilidad de serlo, un día simplemente desapareció, tampoco supe el por qué, supongo que fue mi inmadurez o mi forma tan despistada de ser, o sencillamente no tuvo interés en mí. El no haber concluido ese ciclo emocional provocó que durante mucho tiempo en sueños sucediera lo que me hubiera gustado tener: un beso adolescente de sus labios, pero ahí quedaba mi deseo frustrado.

Pasaron bastantes años para volvernos a encontrar, sorpresivamente me di cuenta que aún después de tanto tiempo él seguía provocando en mi ese nerviosismo de púbera, aun así estaba decidida a obtener más de él, olvidé todo filtro que conecta al cerebro con la boca, tomé el valor necesario y lo hice, le confesé mis sentimientos, ¡Dios! rompí toda regla de buenas costumbres en una “señorita decente” y lo peor estaba por venir, no solo no fui correspondida sino que además perdí su amistad y respeto para siempre.

Después de eso, no nos hemos vuelto a ver, no se mucho de su vida, sólo la información básica: se casó, tuvo hijos, logró el éxito profesional. No sé si algún día él lea esto y si se reconoce entre estas líneas, se dará cuenta que hoy estoy muy lejos de ser aquella niña ingenua e imprudente pues con toda certeza descubro que él ya sólo representa a un agradable recuerdo.

En retrospectiva la consecuencia de esa confesión que le hice no resultó del todo mal: fui una mujer con iniciativa decidida a enfrentar un pasado inconcluso, después se fue también de mis sueños, pude liberarme al obtener una respuesta, aunque fue negativa, fue mejor que la incertidumbre, fue mejor que tener la sensación de lo que pudo haber sido y no fue. Las experiencias por humillantes y vergonzosas que resulten llevan consigo un aprendizaje, en este caso no pienso en el pasado como lo que no debí haber hecho o dicho, el pasado lo vivo con las cosas que me transportan a aquellos días, como el sabor de la comida de cuaresma que cocina mamá, el sonar de los tambores de las bandas de guerra escolares, el olor a manzanilla e incienso que impregnan a la Semana Santa, el viento cálido de la temporada que satura a mi piel y me hace creer que aún sigo en mis felices 16 años.

Nota: A las y los nostálgicos, les dejo esta canción: Para no olvidar / Andrés Calamaro

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