Por Claudia Calvin
Hace unos días me di cuenta de que estamos en junio.
No parece una observación particularmente profunda, pero me detuve un momento y me sorprendió. Hace nada estábamos brindando por el año nuevo. Hace nada hacíamos planes, llenábamos agendas, imaginábamos proyectos y repetíamos el ritual anual de pensar que teníamos todo el tiempo del mundo por delante.
Ahora estamos a punto de cruzar la mitad del año.
El tiempo es extraño. A los veinte años seis meses parecen una eternidad. A los sesenta, seis meses pueden pasar en un suspiro. Quizá porque la experiencia modifica nuestra relación con el tiempo. Dejamos de medirlo únicamente en días, semanas o meses y comenzamos a medirlo en acontecimientos, pérdidas, descubrimientos, conversaciones y cambios internos.
En seis meses puede ocurrir mucho.
Puede morir alguien a quien amamos. Puede aparecer una oportunidad inesperada. Podemos cambiar de trabajo, de ciudad, de prioridades o de opinión. Podemos descubrir una nueva pasión o perder el interés por algo que durante años creímos fundamental. Podemos aprender una lección que nos acompañará el resto de la vida.
También podemos pasar meses enteros ocupadas, resolviendo pendientes, respondiendo correos, cumpliendo responsabilidades, sin detenernos a observar que algo importante se está moviendo dentro de nosotras.
La experiencia tiene una ventaja enorme sobre la juventud: nos enseña que la vida rara vez sigue el guion que habíamos imaginado.
Durante muchos años pensé que la madurez consistía en tener respuestas. Hoy sospecho que tiene más que ver con desarrollar la capacidad de convivir con preguntas mejores. Con aceptar que cambiar de opinión no es una traición a quienes fuimos. Que modificar el rumbo no siempre significa haber fracasado. Que revisar nuestras certezas es una señal de crecimiento y no de debilidad.
Vivimos en una cultura obsesionada con los resultados. Nos preguntan qué hemos logrado, qué metas cumplimos, cuánto avanzamos. Mucho menos frecuente es la conversación sobre aquello que hemos comprendido.
Sin embargo, lo que entendemos sobre nosotras mismas suele tener un impacto mucho más profundo que cualquier lista de objetivos alcanzados.
Quizá por eso me gustan los momentos intermedios del año. No tienen la grandilocuencia de enero ni la carga simbólica de diciembre. Son una invitación más discreta. Una pausa. Un espacio para observar el camino recorrido antes de seguir avanzando.
Junio tiene algo de eso.
La posibilidad de mirar hacia atrás sin nostalgia y hacia adelante sin ansiedad.
La posibilidad de reconocer que seguimos cambiando.
La posibilidad de recordar que todavía estamos escribiendo la historia.
Seis meses, cuando se viven de verdad, pueden contener una vida entera.
Bienvenido a
Mujeres Construyendo
© 2026 Creada por Mujeres Construyendo.
Con tecnología de
Insignias | Informar un problema | Política de privacidad | Términos de servicio
¡Tienes que ser miembro de Mujeres Construyendo para agregar comentarios!
Únete a Mujeres Construyendo