Por primera vez en 131 años, una mujer presidirá el Comité Olímpico Internacional (COI). Y no es cualquier mujer. Kirsty Coventry es una de las atletas más condecoradas y reconocidas de África. Es exnadadora olímpica de Zimbabue con siete medallas olímpicas y una carrera impecable. Actualmente es Ministra del Deporte en su país y a partir de junio del 2025 tomará posesión como presidenta del COI.
Su elección marca un hito que no sólo desafía la inercia de una institución históricamente masculina: la preceden 9 hombres en ese puesto y es también la primera vez que una persona del Continente Africano ocupará esa posición. Llega también en una encrucijada internacional en la que es inevitable hacerse preguntas urgentes en torno al deporte mismo, la política internacional y la igualdad.
Desde su fundación en 1894, el COI ha sido dirigido exclusivamente por hombres. Pierre de Coubertin, su fundador y segundo presidente, sostenía que “los Juegos Olímpicos deben ser la celebración del hombre atleta” y se oponía explícitamente a la participación femenina. Decía que la presencia de las mujeres en un estadio resultaba antiestética, poco interesante e incorrecta: “Los Juegos son la solemne y periódica exaltación del deporte masculino, con el aplauso de las mujeres como recompensa”. Más de un siglo después, el nombramiento de una mujer africana a la cabeza del olimpismo no es sólo un dato histórico: es una ruptura que debe leerse en clave de transformación estructural y cultural.
Coventry asume el liderazgo del COI en un momento geopolítico complejo. Con la presencia de liderazgos autoritarios y antiderechos en muchos países del mundo, así como con el avance de gobiernos populistas, el deporte puede convertirse una vez más, en terreno de disputa ideológica.
Históricamente, el COI ha intentado sostener neutralidad política, hecho que no ha sido posible del todo a lo largo de su historia y ha sido el telón de fondo de escenarios complejos. Recordemos la Olimpiada de Berlin en 1936, cuando Hitler quiso excluir a atletas negros y judíos y se aceptó el país como sede a pesar de ello (y el gran Jesse Owens desafió el mito de la superioridad aria ganando cuatro medallas de oro). Durante la Guerra Fría, Estados Unidos hizo un boicot a los Juegos de Moscú 1980 después de la invasión soviética de Afganistán. Ante las presiones, Michael Killanin, el presidente del COI en ese momento, dijo que “sólo una Tercera Guerra Mundial puede impedir que Moscú sea la sede”. Rusia hizo lo mismo en Los Ángeles 1984. El COI suspendió a Sudáfrica en 1964 por la política del Apartheid y volvió a formar parte en los noventa cuando se abolió oficialmente el sistema de segregación racial. Munich 1972 puso en evidencia la vulnerabilidad del deporte y los deportistas ante los conflictos bélicos y la violencia internacional cuando deportistas israelíes fueron asesinados por el grupo palestino Septiembre Negro. En Barcelona 1992 los atletas yugoslavos y macedonios no pudieron competir bajo su bandera por el conflicto en los Balcanes y participaron como “Atletas Olímpicos Independientes”. En Paris 2024 las atletas afganas participaron gracias al apoyo de terceros países y organismos de derechos humanos, y el régimen talibán amenazó con repudiarlas, ya que prohíbe la participación femenina en los deportes. Rusia tampoco participó por la invasión a Ucrania y sólo hubo presencia de quince atletas neutrales individuales.
Sin duda, la geopolítica afectará las próximas decisiones que se tomen en el COI y lo que suceda en Los Angeles 2028.
La nueva presidenta también hereda una agenda deportiva urgente. En París en 1900 fue la primera vez que participaron mujeres en las olimpiadas (fueron 2.2 % de los atletas, 22 mujeres entre casi mil competidores); en Londres 2012 fue la primera vez que todos los países enviaron a por lo menos una mujer en sus delegaciones y en París 2024 hubo paridad histórica: 50 % mujeres y 50 % hombres.
Con todo y estos avances, los desafíos persisten: la violencia sexual contra mujeres atletas, la brecha salarial, la subrepresentación en órganos directivos, la desigual cobertura mediática, las barreras estructurales en el acceso a recursos, la maternidad como obstáculo y el debate, necesario, pero marcado por las tensiones sobre la participación de atletas trans. En muchos países, las deportistas siguen enfrentando discriminación, censura o son directamente impedidas de competir. En otros, lo hacen sin protección alguna frente al abuso y con total impunidad para sus agresores.
El COI no es un organismo pasivo. Es un actor global con poder simbólico, político y normativo. Su Carta Olímpica proclama valores como la excelencia, el respeto y la amistad. La gran pregunta a partir de 2025 es: ¿cómo se traducirán estos valores en acciones y políticas frente a la violencia, las amenazas, la exclusión, la desigualdad y la violación de derechos?
No basta con romper el techo de cristal. Hay que cambiar el diseño entero del edificio: abrir ventanas, derribar muros y construir pasillos y habitaciones amplias en las que puedan entrar todas las personas que han sido excluidas.
La presidencia de Kirsty Coventry no es el final de la historia, es el inicio de una nueva era donde el olimpismo deberá demostrar si está dispuesto a nadar -como ella- contracorriente, hacia un deporte justo, libre y sin fronteras.
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