Y de pronto me vi las manos tejer finísimos hilos plateados, de ellos colgaban unas letras, la noche me cubría, me llenaba la cabeza de estrellas y sonidos, fuí agua y viento a la vez, me fundí con la tierra y me aferré, por primera vez en la vida a mí misma.

 

Mis cabellos formaban parte del piso y cada célula de mi desordenada cabeza adquiría una forma perfecta, todas las piezas sueltas de pronto encontraron su lugar, las voces en mi cabeza y yo entonabamos una sola canción, al fin dejaron de existir las diferencias entre nosotras, éramos ya una sola pieza.

 

Los surcos que dejaban mis botas el caminar se convertían en suaves montañas; luego, me salieron por la boca todos los miedos en forma de mariposas y moscas negras, más oscuras que la noche, más que la incertidumbre cotidiana, más que las ilusiones rotas encerradas por un montón de años, de esta y otras tantas vidas.

 

Entonces lloré pidiendo a la abuela, como se le llama a la Ayahuasca, un poco de protección, una luz o una guía que me permitiera seguir caminando, minutos después su mano se posaba en mi espalda, era grande, con sus cinco dedos bien formados, arrugados, llenos de tantas pecas como fortalezas.

 

Una semana antes la soñé, me entregaba flores moradas en forma de respuestas y en los días previos me daba instrucciones de cómo vivir la vida, lo hizo tal como en mi infancia lo hacía mi abuela, sin mirarme, como dirigiendo sus palabras hacia la nada, aunque certeras como flechas directo a mis oídos, fue ahí cuando supe que se me había dado permiso de comulgar con la hermosa medicina.

 

Antes de aquel día jamás había escuchado su nombre, no sabía siquiera de su existencia hasta que la palabra Ayahuasca fue resonando con más fuerza, estaba en todas partes, como una luz verde que me llamara por mi nombre, como si quisiera que volviera de una buena vez por todas al centro de mi ser.

 

Quise saber todo de ella, indagué con el mismo ahínco de quien busca las últimas monedas en la mitad de la quincena, conocí testimonios, vi numerosos vídeos, leí ávida cualquier información que llegó a mis ojos y un día de buenas a primeras le dije un sí, uno de los primeros que emanó desde mis entrañas luego de muchos años, en los que los convencionalismos sociales me obligaron a decir muchos “sí” que en realidad no quería pronunciar.

 

Y ahí estaba yo, con mi ropa de invierno y el corazón desbocado, buscando que la abuela me sacara los demonios y me ayudara de una buena vez por todas a poner en orden mi cabeza llena de pasados, de heridas, de finales no pronunciados, de futuros luminosos.

 

Lo primero que vi fue a la madre de mi madre, que desesperada me decía que ya era tiempo de dejarla ir, me tomó con sus manos, una fría y otra caliente, y me dijo que luego de casi 11 años que ya era tiempo de despedirnos.

 

También me vi dentro de mi madre, en su útero lleno de luz y de vida, en un vientre querido y sobado religiosamente cada 60 segundos, vi mi entonces pequeña mano buscando entre las aguas luminosas la suya hasta encontrarla, mirándole las entrañas, cantando ambas una canción que solo a las dos nos pertenecía.

 

El sueño acabó muy rápido y llegó puntual la tercera copa, colmada de un líquido café y de un sabor peculiar, acompañada de un “que tengas buen camino” pronunciado por el hombre medicina; acto seguido, los fractales y las luces aparecieron en mi frente, como para recordarme el lugar en el que había estado antes de nacer.

 

Los ikaros sonaban y sus notas me transportaban a otros muchos lugares en los que seguramente en otras vidas ya había estado,  a realidades que ya conocía pero que no recordaba, a parajes nuevos, estrellas y tierra mojada.

 

Entonces me volví agua, de las cuencas de mis ojos salían ríos azules y de entre mis manos escurrían todos los miedos, fue cuando comencé a tener unas ganas enormes de deshacerme de ese pesado pasado que me dolía, como esas cortadas que te haces con una hoja de papel, que calan pero que no matan.

 

Ha pasado un año desde aquello y he tenido oportunidades de volver a los brazos de la abuela amazónica y ese fue  solo el primero de muchos viajes en los que me sigue trazando con sus dedos añosos alguna parte del camino que por lo general no miro.


Algunas veces me indica mis destinos tan bruscamente que termino aferrada a un árbol ofrendandole mi suerte en forma de copiosas lágrimas; otras tantas, lo hace en forma de arrullos y canciones que entran directo a mi cerebro y lo transforman en una fiesta en el que la invitada especial es la sabiduría ancestral, y siempre, pero siempre siempre, me recuerda que los únicos caminos que valen la pena son los que dicta el corazón.

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Comentario

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Comentario de Mariangel Calderon el octubre 13, 2015 a las 12:53pm

Gracias Martha,  es que ahora ando más dentro de mí que afuera... espero no volverme loca con tanta magia. un abrazo.

Comentario de Martha Cisneros el octubre 13, 2015 a las 12:45pm

hermoso texto muy surrealista pero muy interno 

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