Ellas hicieron la Independencia. Nosotras seguimos haciendo México

Este Grito de Independencia del 15 de septiembre de 2026 fue un poco distinto para mí, aunque en los hechos no haya cambiado nada. Cada campanada, cada nombre de heroína y de héroe pronunciado, me dejó pensando en algo incómodo: el esfuerzo que implica visibilizar el trabajo y el papel de quienes no pertenecen a la élite del poder ni le son afines, en particular las mujeres. Así que me puse a repasar algunas ideas, sobre todo, cómo se borra de la memoria cotidiana y de la memoria histórica a los cientos de miles de personas que la construyeron.

El nombre que apareció en el Grito

En septiembre de 2026, Claudia Sheinbaum mencionó en el Grito de Independencia a Antonia Nava, "La Generala", una mujer que combatió, organizó y sostuvo a las tropas insurgentes en el sur del país. Para mucha gente fue la primera vez que escuchaba ese nombre. No fue casualidad: durante dos siglos, la historia oficial de la Independencia se contó casi siempre con los mismos protagonistas masculinos, y con dos o tres mujeres —Josefa Ortiz, Leona Vicario— como excepción decorativa.

Pero la investigación histórica reciente muestra algo distinto: miles de mujeres participaron como combatientes, espías, financiadoras, enfermeras, mensajeras y sostenedoras de comunidades enteras durante los once años de guerra. Muchas fueron perseguidas, encarceladas, despojadas de sus bienes o ejecutadas por ello. La pregunta que vale la pena hacerse no es solo qué hicieron, sino por qué no lo sabíamos: cómo, exactamente, se les borró de la memoria.

Ellas también hicieron la guerra, la vida y la historia

Este año tres grupos de mujeres captaron mi atención.

Las activamente beligerantes, muchas veces reducidas a acompañantes en un campo de guerra.

Antonia Nava no fue una acompañante. Nació en Tixtla, en el actual Guerrero, en 1779, y se incorporó con su familia a las fuerzas de José María Morelos. Preparó alimentos, cuidó heridos, organizó a otras mujeres y, cuando la situación lo exigió, tomó las armas. En 1817, durante el sitio del Cerro del Campo, se presentó junto con Catalina González ante los jefes insurgentes para ofrecerse a morir antes que los soldados murieran de hambre. Vivió para ver la consumación de la Independencia y murió en 1843; su nombre se inscribió con letras de oro en el Congreso hasta 1948, más de cien años después.

Las tenaces estrategas, muchas veces reducidas a apoyo logístico o a "ciegas enamoradas".

Leona Vicario perteneció a Los Guadalupes, la red clandestina que reunía información, armas y dinero para los insurgentes desde la Ciudad de México. Fue encarcelada en el Colegio de Belén, sus bienes fueron confiscados y, aun así, escapó para seguir colaborando.

Y la inquebrantable resistencia de las mujeres, muchas veces reducida a víctimas o al escenario doméstico invisible: esas mujeres sin apellido conocido.

En noviembre de 1814, tropas al mando de Agustín de Iturbide detuvieron en Pénjamo, Guanajuato, a más de un centenar de mujeres —posiblemente varios cientos—, junto con sus hijos, solo por ser familiares de insurgentes. Ninguna tenía un cargo militar ni una causa individual probada. El historiador José María Miquel i Vergés documentó 134 casos de mujeres vinculadas con la insurgencia; al menos 62 fueron encarceladas y procesadas, y cuatro fueron ejecutadas. Otro catálogo eleva la cifra a 162 casos.

La participación fue real, diversa y masiva. Lo que resultó mucho menos consistente fue el registro que se hizo de ella. Así como ahora, México se sigue construyendo día con día con activistas, líderes y mujeres comunes que siguen siendo reducidas, dejando solo algunas luminarias que inspiren y tranquilicen.

Los mecanismos del olvido

La minimización de las mujeres de la Independencia no fue un descuido accidental, tampoco lo es la invisibilización que aún vivimos hoy. Se produjo —y se sigue produciendo— a través de discursos, instituciones y prácticas concretas que se repiten con tanta regularidad que pueden describirse como mecanismos. Algunos ya aparecieron en las historias anteriores.

Convertir la convicción política en romance. Cuando una mujer participaba en una conspiración, se atribuía su conducta al amor por un hombre, nunca a sus propias ideas. La misma acción se describía de dos maneras según quién la hiciera: en un hombre era patriotismo, estrategia o valor; en una mujer, pasión, imprudencia o influencia amorosa.

Reducirlas a auxiliares, no a protagonistas. A las que llevaban mensajes se les llamaba "mensajeras"; a las que obtenían información, "informantes"; a las que financiaban, "benefactoras". Las palabras describían bien la tarea, pero ocultaban que se trataba de trabajo político y militar esencial, no de favores domésticos. Y aun cuando un hombre —sobre todo de la élite política, social o económica— hacía exactamente lo mismo, a él sí se le reconocía el peso transformador de esa acción.

Transformarlas en símbolos domésticos, a veces con un halo de sacrificio. Cuando se reconocía a una mujer, se la transmutaba en "madre de la patria" o "esposa abnegada": se celebraba su sacrificio, no su capacidad de pensar, decidir u organizar. Un reconocimiento que, en el fondo, seguía negándole autoría política.

Exaltar a unas pocas para borrar a la mayoría, casi como un método de control que les da a las mujeres del día a día un único espejo donde reconocerse. Para el Centenario de la Independencia, solo Josefa Ortiz y Leona Vicario aparecían como referentes femeninos oficiales, mientras cientos de mujeres —muchas de origen popular, indígena o mestizo— seguían sin nombre. Parecía que la historia reconocía "a la mujer", cuando en realidad reconocía solo a unas cuantas excepcionales.

Estos mecanismos, entre los muchos diseñados para el control, no fueron obra exclusiva de un bando político. La historiografía liberal, la prensa y las escuelas también repitieron una lista muy corta de heroínas. Pero hay un caso donde el mecanismo quedó documentado con particular claridad: el de Leona Vicario.

Leona Vicario contesta

En 1831, el político conservador Lucas Alamán cuestionó públicamente el patriotismo de Leona Vicario. La describió como una mujer movida por un "heroísmo romancesco": no se habría unido a la insurgencia por convicción, sino por seguir a su futuro esposo, Andrés Quintana Roo. Puso en duda, además, que mereciera las compensaciones patrimoniales que había recibido por sus servicios. El argumento tenía dos efectos a la vez: le negaba autonomía política y le negaba el derecho al reconocimiento. Si no había actuado por convicción propia, tampoco merecía nada por ello.

Leona respondió en una carta publicada el 26 de marzo de 1831. No pidió indulgencia por ser mujer ni presentó su participación como un sacrificio accidental. Reivindicó, en cambio, la capacidad política de las mujeres con una frase que sigue siendo, dos siglos después, notablemente actual:

"No solo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres: que ellas son capaces de todos los entusiasmos, y que los deseos de la gloria y de la libertad de la patria no les son unos sentimientos extraños."

No negó haber amado a Quintana Roo. Negó que ese amor explicara o invalidara sus convicciones. Fue, en esencia, una refutación temprana de la idea de que una mujer era políticamente dependiente del padre, del esposo o del amante —y una declaración de que se podía amar y, al mismo tiempo, actuar por convicción propia.

El mismo lenguaje que Alamán usó contra Leona reaparece, con más crudeza, en los expedientes militares contra mujeres comunes acusadas de "seducción de la tropa": María Tomasa Estévez, por ejemplo, fue fusilada en 1814 y su cabeza expuesta públicamente en Salamanca, acusada de convencer a soldados realistas de desertar. En vez de reconocer su actividad como inteligencia política, las autoridades la redujeron a su apariencia y a una supuesta capacidad de seducir hombres. Una acción política, convertida en acusación moral y sexual.

El castigo colectivo: las mujeres de Pénjamo

Leona Vicario tenía patrimonio, redes y una carta que podía publicarse en la prensa. La mayoría de las mujeres perseguidas durante la guerra no tenían nada de eso, y su caso muestra un mecanismo distinto, más brutal por ser más silencioso: el castigo por parentesco.

En noviembre de 1814, tropas al mando de Agustín de Iturbide detuvieron en sus casas y en las calles de Pénjamo, Guanajuato, a decenas de mujeres identificadas por nombre —María Regina Barrón, Casilda Rico, Rafaela González, Manuela Gutiérrez, entre otras— junto con sus hijos. La investigación de María José Garrido Asperó concluye que no se les formuló una acusación individual ni se siguió un proceso legal ordinario: permanecieron recluidas en casas de recogidas durante más de dos años, liberadas hasta 1817. La lógica era simple y devastadora: si el esposo o el padre era insurgente, la mujer y los hijos debían "seguir su suerte". No hacía falta probar espionaje ni sabotaje; bastaba el vínculo familiar.

Esto es lo que distingue a Pénjamo del caso de Leona Vicario: ahí no había una activista política a la que desacreditar, sino mujeres comunes convertidas en rehenes para presionar a los hombres de su familia. Y es también la razón por la que sabemos tan poco de ellas: los documentos de la época fueron producidos por autoridades militares y religiosas interesadas en los jefes varones, y muchas mujeres quedaron registradas únicamente como "la esposa de" o "la hermana de". Paradójicamente, son esos mismos expedientes judiciales —diseñados para castigarlas, no para recordarlas— los que hoy permiten recuperar sus nombres.

Que una mujer haya quedado sin apellido en la historia no significa que su participación fuera menor. Significa que el aparato que registró la guerra no estaba diseñado para verla.

La misma lógica, en otras oficinas

Esta forma de invalidar, invisibilizar el y borrar no se quedó en el siglo XIX. Cambió de forma, pero la lógica sigue funcionando en la vida diaria de cualquier organización, muchas veces sin que quienes la viven o la reproducen se den cuenta.

La despolitización de Leona Vicario tiene un eco directo en cualquier oficina donde el mérito de una mujer se explica por sus contactos, por un jefe que "la impulsó" o por un golpe de suerte, mientras el mismo logro en un hombre se explica por su capacidad. La domesticación de Antonia Nava se repite cuando el trabajo de una mujer que dirige, decide y sostiene un proyecto se lee como "apoyo" o "buena para el ambiente del equipo", no como liderazgo.

Suele pasar cuando a una mujer se le encarga el trabajo duro —la investigación, la redacción, la conciliación— y el resultado lo presenta otra persona, incluso otra mujer.

O cuando alguien retoma una de sus ideas sin darle crédito, aun estando en la misma sala de juntas.

O cuando recibe menos por su trabajo, o se le cierran oportunidades, porque "no tiene una familia que mantener".

Son microviolencias tan cotidianas que casi no se ven, aunque muchas mujeres las reconocen de inmediato en cuanto se nombran. Y lo revelador es que esto no ocurre solo con las mujeres: le pasa a cualquiera que no forme parte de la élite de una organización.

El castigo colectivo de las mujeres de Pénjamo tiene su versión silenciosa en las tareas de cuidado —de hijos, de padres mayores, de la logística de toda una casa— que sostienen organizaciones y familias sin aparecer nunca en una evaluación de desempeño ni en un recibo de nómina. A cuántas mujeres ejecutivas no les resta liderazgo el simple hecho de buscar mayor equidad o entornos de trabajo más conscientes. A muchas se les critica por no ser duras, y al serlo se les dice que gestionan mal sus emociones o que son "acosadoras". A muchas se les ha pedido que preparen la presentación, pero que no sean quienes la presenten. O resulta "raro" que una mujer tenga secretario. Y esto sin contar todo el trabajo doméstico que no se observa ni se valora, de la casa más humilde a la más privilegiada. Pero es ese trabajo el que sostiene todo y construye un país.

Leona Vicario, Antonia Nava y las mujeres de Pénjamo no se quedaron en la historia: son, respectivamente, la despolitización, la domesticación y el trabajo invisible que siguen operando hoy, solo que con otros nombres y en otras oficinas.

Nombrar estos paralelos no busca igualar un fusilamiento con una junta de trabajo mal repartida. Busca algo más preciso: mostrar que la pregunta de quién recibe crédito, autoridad y memoria no se resolvió en 1821, y que sigue abierta cada vez que una mujer reclama el suyo.

Recuperar lo que siempre estuvo ahí

La historia de las mujeres en la Independencia se puede contar en dos niveles. Por un lado, las figuras que sí tienen nombre y biografía —Josefa Ortiz, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra, Antonia Nava—. Por otro, las miles que sostuvieron la guerra desde sus casas, sus cocinas, sus caminos y, muchas veces, sus celdas. Ambas historias son inseparables, y la injusticia no fue solo que algunas terminaran encarceladas, despojadas o ejecutadas. Fue también que, después de arriesgar su vida y su patrimonio, la mayoría fuera borrada de la memoria nacional o recordada únicamente como acompañante de un hombre.

Que en 2026 haga falta un Grito presidencial para que un nombre como el de Antonia Nava llegue a la conversación pública dice algo sobre cuánto trabajo de recuperación sigue pendiente. No se trata de añadir mujeres a una lista ya cerrada, sino de entender que la lista estuvo incompleta desde el principio, no porque ellas no actuaran, sino porque el relato oficial decidió qué contenía y qué no.

Las mujeres de la Independencia no estuvieron "junto a" la insurgencia, como si fueran testigos o compañía: fueron parte de la estructura que hizo posible que la guerra sobreviviera once años. Detrás de Antonia Nava permanecen cientos de mujeres de Pénjamo, de los campamentos insurgentes y de los pueblos sin nombre que nunca llegaron a un Grito. Hoy, cuando una mujer ejecutiva reclama crédito por su trabajo o una mujer común exige que se valore su tiempo y su cuidado, sigue una lucha semejante: la de ser reconocida como protagonista de su propia historia. Pero esa exigencia no alcanza sola: el mecanismo que desvía el crédito y vuelve invisible el cuidado sigue operando sin costo mientras nadie lo nombre, y la impunidad no se rompe con voluntad individual, se rompe cuando el patrón queda expuesto y alguien responde por él.

El liderazgo femenino, en cualquier esfera —desde la cocina más sencilla, el salón de clases, hasta la sala ejecutiva—, empieza con una independencia propia: emocional, de pensamiento, tras generaciones de sumisión. Pero no termina ahí: exige también que el mecanismo mismo rinda cuentas. Con un Grito de Libertad propio, y con la insistencia de que nombrarlo ya no sea suficiente.

Fuentes

Sobre la autora

Myrna Varela es experta en energía con una trayectoria de más de 20 años en economía de la energía, estrategia e inteligencia comercial y ha liderado equipos técnicos, multidisciplinarios, complejos y de alto desempeño.

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