Hace algunos días volví a leer a Antonio Muñoz Molina. Leo sus libros con suma devoción y también los artículos que publica en el diario El país. Uno de sus artículos coincide con mi último libro leído Encuentros con la sombra, edición a cargo de Connie Zweig y Jeremiah Abrams, y que ofrece una compilación de textos de autores como Jung, Joseph Campbell, Marie-Louise von Franz, entre otros, donde se explora la naturaleza humana en su aspecto sombrío, oscuro, negado. “Ambigüedades” [URL acortada: https://goo.gl/AUmP6f] es el nombre del texto de Muñoz Molina. La insensibilidad es su tema central y cómo nos puede llevar al extremo de permanecer mudos e inmóviles ante las catástrofes. Analiza también, las cosas que se polarizan, y aquí nos referirnos a la intolerancia que revelamos cuando alguien no está de nuestro lado o no comparte nuestro punto de vista, una práctica común en la actualidad.

Destaco del autor el siguiente fragmento: “No creo que la sensibilidad hacia las artes o la afición a las novelas garanticen por sí mismas una mirada compasiva y alerta hacia los seres humanos. Uno puede amar mucho a los personajes de una novela y al mismo tiempo tratar a patadas a las personas reales que tiene cerca. Pero si el amor por las artes se corresponde con una actitud cordial hacia las personas reales, si la belleza que contemplamos en ellas nos enseña a mirar el mundo terrenal, la educación estética puede volverse inseparable de un aprendizaje práctico de la decencia, y proveerlo a uno con facultades de conocimiento y de intuición, de flexibilidad de espíritu, que le ayuden a comprender la complejidad de cualquier vida humana, y las variedades de gradaciones y matices de la experiencia de cada uno, lo estimulante y lo inapresable de la vida real”.

De la cita, subrayo lo siguiente: la educación estética puede volverse inseparable del aprendizaje práctico, es decir, inseparable de esa facultad de conocimiento, de intuición, de flexibilidad de espíritu, que nos permitirá comprender la complejidad de la vida humana. ¿Qué difícil lograr esto? Muy trillada es ya la expresión: “Todos llevamos consigo un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde”, o lo que quiere decir: la persona bondadosa que podemos ser, junto con aquella otra malvada, cruel, o despiadada. Esa otra, que permanece oculta, como afirman Connie Zweig y Jeremiah Abrams, bajo la máscara de nuestro “yo”.

Lo que entiendo del ser humano es que vive muchas facetas y esas facetas lo van modelando. Cada una de nuestras vivencias, nuestras relaciones, nuestras experiencias, los eventos que nos hicieron felices o nos traumatizaron, forman lo que somos. No comparto la idea de que, si tuvimos infancias difíciles, seremos por ello, personas malas, crueles o asesinas. Creo que esa es una decisión personal y se relaciona directamente con la manera en cómo enfrentamos la vida y cómo enfrentamos nuestra sombra. En efecto, los miedos, la maldad, por ejemplo, y “todo lo que hemos ido rechazando en el curso del desarrollo de nuestra personalidad por no ajustarse al ego ideal”, en palabras de Edward C. Whitmont. En este libro, Encuentros con la sombra, es interesante el debate que se abre en torno a las cosas que se le han negado a la persona, por no corresponder a la educación, a las ideologías, a los patrones aceptados de conducta y generan, en la represión, bien una cantidad positiva de energía o negativa. En este último caso, la sombra se convertirá en algo dañino.

La relación entre el texto de Muñoz Molina y este libro es el margen tan estrecho entre lo positivo y lo negativo, por decirlo de algún modo, o los márgenes tan difuminados entre el bien y el mal, su ambigüedad. Formulo una pregunta ¿somos realmente seres “humanos”? Observen que he puesto comillas a la palabra “humanos”. Como mencioné líneas arriba, una frase en alguna red social, una idea, acaso deliberada, que no empate con la forma de pensar del otro, su forma de actuar o de asumir algo, convierte la sección de comentarios, los muros, los hilos compartidos, en una verdadera carnicería. No se argumenta; se apuesta al coraje, al odio, a la descalificación por cualquier medio. Me da la impresión de que estamos a la espera del error del otro para clavarle cruelmente los colmillos. Como editora, me quedo sin palabras cuando se presentan situaciones que se pueden solucionar fácilmente, de manera respetuosa, sin tanta faramalla. Sin embargo, se trata de criticar, depreciar el trabajo realizado, ridiculizar, ofender. Aquí, lo más difícil es decir “no estoy de acuerdo” o “podemos cambiar esto o aquello” de manera lúcida. O cuando menos, dirá Antonio Muñoz Molina, una lucidez parcial.

Un segundo ejemplo, como lectora me quedo sin palabras, pero hay autores que no les gustan los comentarios “negativos” a sus publicaciones, sean textos o libros. Me atrevo, de vez en cuando, a poner de manifiesto alguna discrepancia, no por ego, sino por el trabajo académico que realizo o por el dominio en determinados temas o autores. ¡Qué complicado! Como autor, me parece más práctico escuchar a esa otra parte, porque efectivamente, pude haber errado, o bien, porque existe la oportunidad de establecer un diálogo fructuoso con esa otra persona en torno a aquello que señala. Identificarse con un libro es tan complejo como identificarse con el resto de las personas. Quizá, no se trate de fallos, discordancias, enfoques, ideologías, sino simplemente, un encuentro no afortunado. Libros que no nos gustan en una época se convierten en libros de cabecera años después. Lo que ocurre, según Anthony Percival, es un encuentro de naturaleza lingüística, en donde se involucra la percepción, la imaginación y la memoria. La realidad, para fortuna nuestra, no es una sola.

Muñoz Molina, Connie Zweig y Jeremiah Abrams concuerdan en la importancia de “la toma de conciencia profunda de nuestra propia identidad”, evitando así caer en episodios estúpidos; estos episodios en lugar de ayudar, orientar, corregir… dañan a las personas. Hay una frase de Albert Einstein que cabe perfectamente: "Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y yo no estoy seguro sobre el universo". Erich Neumann, volviendo al libro Encuentros con la sombra, remata esta toma de conciencia de la siguiente manera: “El yo descansa oculto en la sombra, ella es quien custodia la puerta, el guardián del umbral. Así pues, solo podremos llegar a recuperar completamente nuestro yo y alcanzar la totalidad reconciliándonos con la sombra y emprendiendo el camino que se halla detrás de ella, detrás de su sombría apariencia”.

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