Qué paradoja vivimos en este siglo: odiar a las mujeres no sólo es socialmente tolerado en muchos espacios, tiene un alto retorno de inversión. La misoginia no es un accidente, una casualidad ni una anomalía: es un sofisticado modelo de negocio que capitaliza la violencia, la invisibilización de las víctimas y el dolor.

¿Lo más preocupante? Funciona.

Hay figuras como la de Andrew Tate, influencer y ex kickboxer británico, que demuestran con brutalidad cómo la violencia simbólica -y física, si se suman las demandas de violencia que ha recibido de sus exparejas- hacia las mujeres puede traducirse en millones de dólares. A través de sus cursos, sus redes sociales, las comunidades que ha creado y sus seguidores, Tate promueve una masculinidad violenta, jerárquica y abiertamente misógina. Le habla a hombres y jóvenes -muchos de ellos inseguros, en búsqueda de identidad-, prometiéndoles éxito, mujeres y poder, o a aquellos que se sienten amenazados por el discurso feminista y el crecimiento de las mujeres. Lo que les vende es odio disfrazado de  autoayuda. Y vende bien. Plataformas como TikTok, YouTube o X han dado visibilidad y proyección a su mensaje porque, en el mundo de los algoritmos, la polémica se traduce en clics y los clics, en ingresos.

El impacto de estos “influencers” ha generado problemas que ya se definen y visualizan con claridad en muchas escuelas. También ha abierto el debate y puesto bajo el reflector al movimiento de los incels, los hombres que se mantienen célibes en contra de su propia voluntad y “por culpa de las mujeres”. En Reino Unido, el 70 % de las maestras indican que se han enfrentado a la misoginia y a la violencia que le acompaña en las aulas. En otros países, ni siquiera se hace visible o se ha normalizado a tal punto que se considera una variable más y no causa alarma. Estos “coaches” se enmarcan en la “manósfera”, un ecosistema -principalmente virtual, pero que va ganando presencia en la realidad análoga- que promueve una ideología antifeminista y una visión distorsionada de la masculinidad.

Este modelo no se limita sólo a internet. También se cuela en la política. Cuauhtémoc Blanco, exfutbolista, exgobernador de Morelos y actual diputado, fue acusado por su media hermana de intento de violación. A pesar de ello, la Cámara de Diputados se negó a desaforarlo para que procediera el juicio correspondiente. Lo escandaloso no sólo fue la decisión en sí, sino que legisladoras de distintos partidos —empezando por el suyo, Morena— lo arroparan públicamente, gritando en tribuna “No estás solo”. Ese gesto, en el país de once feminicidios diarios, envió un mensaje devastador: la violencia de género se puede negociar políticamente. A veces, incluso, se premia y recompensa. Casos como el suyo, lamentablemente, sobran en el mundo. La misoginia está protegida por una red de impunidad en la que participan hombres que se cuidan las espaldas mientras ejercen el poder y abusan de mujeres, niñas y niños, jóvenes.

La misoginia también se monetiza en la industria del entretenimiento. Desde la pornografía que reproduce esquemas de dominación y perpetúa estereotipos respecto a las mujeres, hasta programas y series que hacen gala de recuperar “la masculinidad perdida”, pasando por el llamado “coaching de masculinidad” y el apoyo a los hombres para “recuperar su valor social”, está creciendo una industria profundamente lucrativa que los entrena en misoginia y valores de poder jerárquico, patriarcal y violento. No menciono otros nombres porque no les quiero hacer publicidad, pero cuando un “coach” dice “No quiero que una mujer tenga más éxito que yo, a una mujer tienes que educarla”, hay que poner en duda su visión del mundo y la ética desde la que “ayuda”. En estos espacios las mujeres son tratadas como amenaza o como producto. Y eso, otra vez, genera ingresos.

En este modelo de negocio, la misoginia tiene rostro, marca personal, seguidores y hasta suscripciones mensuales. Las víctimas, en cambio, se convierten en estadísticas, hashtags efímeros o personajes secundarios de una historia en la que nunca quisieron participar o entraron sin saber qué estaba sucediendo. Víctimas “colaterales” y no reconocidas de la violencia machista y de este negocio.

Mientras más se monetiza el discurso de odio, más se invisibiliza el dolor real.

La gran ironía de una sociedad que premia el narcisismo y es cómplice de la violencia estructural es que los victimarios se presentan como víctimas y las víctimas reales, como personas inestables, objetos y enemigas.

Hacer visible esta realidad no es una exageración, es una urgencia. Porque mientras la misoginia sea negocio, habrá quien quiera venderla y sobre todo, quien esté dispuesta a adquirirla y pagar por ella. Pero también hay quienes, desde el periodismo, la justicia, la educación y el activismo están señalando este hecho y buscando deconstruir el sistema.

La educación, la sensibilización, la conciencia en igualdad, el respeto a los derechos y la paz son la mejor inversión que podemos hacer.

Publicado originalmente en Animal Político el 1o de abril de 2025.

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