Mujeres Estandarte por Carlos González Martínez

A Sandra, en celebración y admiración.

 

Pasan y las retraten como tormentas, pero llevan bajo el brazo un trozo de pan que recién han horneado. Traen en las entrañas todas las sonrisas y algunas de sus risas, las que se lavan en lava y amanecen al alba, antes de que el mundo aparezca. Toda la fuerza y toda la ternura, toda la alegría y buena parte de la tristeza, dolor y esperanza, pasado y futuro en un presente que se licua bajo sus píes descalzos, los que con sus huellas marcan la impronta que importa porque es señal, faro, estandarte. Así están, porque son y es en su dignidad toda la intensidad de la premonición más diáfana: la de un mundo mejor.

Son mujeres impresionantes y enormes; grandes, propiamente grandiosas; potentes, propiamente poderosas; bellas, propiamente hermosas, como inmensos árboles lináloes que en la pulpa guardan su aroma como secreto venerable y de sus troncos nacen pequeños cofrecitos de madera y laca, en los que todas las bondades tarde o temprano se van a guarecer.

 

Son madres y viven solas con sus vástagos, como lináloe con ramo tierno, como luna de octubre. Los llevan pegados a la vida y al amor, y en sus caritas se refleja el rostro de quien se asoma para siempre a un beso después de nacer. Con el varón progenitor en cercanía o lejanía, en presencia o ausencia, su verdadero hado es destino de una grieta sin embargo incólume en tanto redimida.  Su condición es fuerza y desafío inconmensurable. Yo no sé cómo le hacen, pero sé que lo hacen: están en todos lados y lo pueden todo. En su ubiquidad bañan niños y los llevan a la escuela, van al trabajo y construyen patria, van al mercado y cosechan mandarinas, dirigen organizaciones complejas y disuelven con la sencillez de una sonrisa toda la bruma de las tareas escolares, todo el día laboran y al fin de la jornada van al supermercado a comprar plastilina y pegamento, la noche las encuentra en afán y la madrugada las sorprende en la regadera antes del uniforme, el desayuno y la escuela. Son impresionantes y enormes, por eso su sombra nunca termina, ni cuando el sol inhibe la mirada. Son grandes, propiamente grandiosas, pero a veces se asoman al absurdo precipicio de la culpa. Son bellas, propiamente hermosas, y no pocas veces son agredidas por el ánimo imbécil de quien supone que son fáciles porque no sabe lo difíciles que están. Son mujeres espléndidas y esplendorosas que un día se van a detener para que las alcancemos. En su soberanía está la clave que descifra un mundo de seres libres y amorosos. Ojalá lo entendamos antes de que sea demasiado tarde. Por lo pronto allí están, como estandarte para esta vida que anhela.
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Carlos González Martínez, politólogo y editor del blog: Ciudadano Andante (http://ciudadano-andante.blogspot.com)

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