Te extraño cuando te alejas demasiado y aún cuando llevemos poco menos de una década separados, algunas veces siento tu respirar cerca de mis orejas. Percibo esa manía que teníamos de despertar abrazados, cansados y jodidos. Ya no estás, desde hace más de 10 años tu sombra no sigue a la mía, que también dejó de perseguir la tuya. 
Al parecer comencé a sembrar mis miedos en el capítulo de mi vida en el que tu también eras protagonista. Hay personas que marcan un antes y un después, que redirigen los rumbos y cambian los destinos. Tu fuiste mi antes y mi después, el que además de los miedos sembró la vida en mí y solo por eso agradezco.
Han sido poco más de tres mil días desde la mañana en la que miré cada resquicio de nuestra casa juntos, agarré muy fuerte al hijo y cerré esa puerta para siempre, hoy puedo gritar a los cuatro vientos que ese sábado me marché amándote mucho. Supongo que debe ser eso por lo que algunas veces, sin querer,  aún puedo percibirte a la distancia.
Tenemos una historia en común, posee un corazón enorme, dos piernas y dos manos, se está haciendo un hombre y nos observa con esos ojos de sabio que tiene desde el momento en el que salió a conocer el mundo, y no encuentro la manera de explicarle que las personas no huyen de la vida cuando nos ha visto hacerlo una y dos y tres y mil veces.
Todavía no sé lo que nos unió, si esos cigarros que me fumaba contigo al salir de mi escuela o la necesidad que teníamos de curarnos las soledades desde aquellos días. Pasamos por tanto sin saberlo, aquellos eran días buenos. Fuiste el primero que supo cómo hacer que me quedara quieta, aunque al final creo que lo hiciste tan bien que me quedé petrificada. Antes de eso, me sentía en paz a tu lado, en esos tiempos no sabía que ese estado solo me lo tenía que proveer yo.
Contigo fue la primera vez que confíé, quizá fue la última. Me dejaste tan sola, tan rota y me dolió, me dolió tanto. Hoy puedo admitirlo sin vergüenza, sin temor a parecer blanda y sensible, supongo que eso también es parte de sanar, de soltarte. Según había hecho ese ejercicio hace dos lustros atrás, supongo que no lo hice tan bien porque a veces todavía me dueles mucho, y aunque insisto con todas mis fuerzas en cerrar ya para siempre ese capitulo y comenzar otro, no se si lo logre, pero al menos ya me lo he prometido. Después de ti, amé, amé un montón de veces y creo que lo seguiré haciendo, pero jamás me he podido volver a quedar en un solo lugar.

Después de ti cerré las puertas de mi casa y aprendí a huir. Estaba tan enojada contigo, conmigo, con la vida. Ahora sé que algo teníamos que aprender y aunque todavía no tengo idea de qué es, hoy agradezco esa historia que me hizo la mujer que ahora soy, sin ti, sin aquellos días oscuros que me regalaste, hoy no sería esta que soy, poderosa, libre y danzarina. Por eso, también gracias. No, no espero volver a tus brazos, nunca me lo plantee, hay amores que duelen tanto y tú hasta la fecha has sido el que más.

No, ya no estás, creo que tampoco estuviste hace diez años, ahora lo sé porque ya me reconozco la manía de inventarme historias que no existen, para no asumir mis soledades, para dejarme vivas las esperanzas, para saber que de alguna manera alguno de mis caminos los he recorrido con alguien. Nunca fue así.

Pero no, ahora sé que solo me ha acompañado el sonido que hacen mis botas al correr, al moverse despacio y discretas para que nadie las note, para emprender, como desde hace una década, una nueva huida.

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