Había una frescura en el aire mientras me colocaba en la ventana cerca del comedor. Era el crepúsculo de una hermosa tarde de otoño. El primer día de la nueva temporada donde ya cesaba las lluvias y que habíamos puesto nuestros suéteres para salir, así que fui por la bicicleta para dar un paseo  por los alrededores de la ciudad tranquila y llena de letargo, sentada y con poca concentración de mi viaje, mirando los coches, niños corriendo, gritando en sus juegos.

Todo transcurría como si fuesen acciones lentas, entre los  jardines y juegos notaba la compañía de la familias pareciera frente a mi, sin que participara en ella. Seguía andando, siendo yo misma, para respirar, para escuchar el sonido de sus voces. Me alegré de estar fuera de las cuatro paredes del departamento por un momento. Había sido un día largo, un día en el que estaba en su mayor parte atrapado en mi cabeza contemplando y lamentando la enfermedad de mi abuela, mi relación cambiante con mi padre y preocupaciones ajenas a tus decisiones del día pero de esas que haces personales. Mi padre y yo tuvimos pocos enfrentamientos y un par de decisiones grandes y próximas a hacer que afectarían significativamente su vida (pero más la mía). Necesitaba algo de aire.

Decidí regresar. Me quedé afuera del departamento, sentada en la baqueta, mientras el viento seguía corriendo frío. Mi vecina, una mujer sudamericana, con cabello largo y negro y ojos grandes, estaba repentinamente a mi lado. Ella estaba agachada sosteniendo una taza humeante de color, con un gesto me la ofreció sin decir palabra alguna,  agarré la taza con ambas manos y dejé que el calor las calentara por un momento. Le busqué para agradecerle y ya miraba su espalda caminando por el pasillo, levantó su mano con un gesto que pude interpretar como, un “no hay problema”.

Puse la taza a mi nariz y empapada en la dulzura de miel y cítricos. Entonces, tomé un sorbo. La calidez, el jarabe de azúcar, la pulpa de la fruta, me llenó como un cálido abrazo.

Seguí sentada ahí afuera mientras la tarde terminaba, ¿qué era esto? 


Durante los diez minutos siguientes disfruté cada sorbo de ese té, que funcionó como si me hubiese dado un elixir especial para mi preocupación. La nube de incertidumbre que empañaba mi mente se levantó. Era un regalo, esta taza azul de té de mi vecina.

Cuando pensamos en servir a los demás, a menudo pensamos en tallar grandes trozos de tiempo y energía. Ese tipo de servicio es crucial. Pero no valoramos las pequeñas cosas que ocurren en las eventualidades, todos estamos lidiando con una historia de lucha en alguna capacidad. Los pequeños actos diarios de bondad que damos entre sí son nuestro combustible para mantenernos en marcha.

El sentido de servir cobra sentido en quién da y quién recibe.

No era sólo una taza té era realmente mucho más.

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