Porque doy gracias de no tener una hija.

Tengo 3 hijos, tres hombres maravillosos que batallan para encontrar su lugar en el mundo y un balance en su vida espiritual, profesional y familiar. Durante muchos años, cuando las personas me veían con ellos me decían: ¿No querías la nena?  ¡te faltó tu compañerita! Deberías buscar a la niña. No estás completa sin una hija, etc. Todas estas personas de buena fe hablando de que bendición era tener una hija, lo cual no dudo.

Pero hoy, mientras veo lo que pasa en Afganistán, la cantidad de feminicidios en México, las mujeres suicidándose en India, los matrimonios de niñas con ancianos, la constante batalla de ser respetada y no tener que ser “cuidada”, recordando mi proceso profesional y personal. Las incontables veces que tuve que tolerar faltas de respeto de hombres, las miradas lascivas, los comentarios de menosprecio o dudosos de mi capacidad, confundiendo lo cerebral con lo genital, doy gracias nuevamente por la grandiosa oportunidad de criar a tres hombres valiosos que respetan y valoran a la mujer y no tener el que pelear nuevamente, casi en carne propia con/por una hija, esta batalla interminable de valoración de la mujer en el siglo XXI.

Un enorme beso y abrazo a todas las niñas y mujeres que no han tenido mi suerte, a quienes llevo dentro de mi corazón y alma y a quienes deseo que el mundo las trate con el respeto que se merecen, pero que veo todavía impreparado para recibir el gran obsequió que cómo mujeres son. Ojalá podamos criar hombres seguros que no teman a la capacidad femenina, que no requieran tener la cabecera de la mesa y no hacer ningún trabajo doméstico, pues equivocadamente piensan que su valor está en ser servidos y no en servir. Que tienen tan poca seguridad en su valía que omiten considerar que nacieron del vientre de una mujer y que pueden controlarse y no requieren controlar a otro ser humano para ser vistos y reconocidos.  Que cómo hombres son dueños de todas sus emociones y no tienen que esconderse en el enojo. Que tienen capacidad emocional.

Veo las caras de los Talibanes y pienso en sus madres, cómo los vieron indefensos y los protegieron y mi duda es quien los formó o lastimó al grado de querer perjudicar y poner el pie en quien no le ha causado dolor alguno. ¿En que momento nos desconectamos del dolor ajeno? Yo no puedo descansar la cabeza pensando en todos esos hombres y mujeres, cuyo dolor veo. Ojalá podamos todos vernos verdaderamente para entender que nuestra felicidad, reconocimiento no depende de menospreciar o minimizar al otro, sino de vernos en todos.

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