En mi experiencia que no es poca ni mucha, solo la necesaria, existen en la vida tres clases de hombres para coger (obviamente se pueden hacer tantas subclasificaciones como tipos de verduras en el mundo).

Obviando los asuntos del amor, el matrimonio, los valores y esas vicisitudes moralinas y represivas de la libertad de llenarse la boca de sexo (si, lo digo en todas las acepciones de la palabra), existen rangos que no se miden por el tamaño ni duración sino por el modo que cada quien tiene de ponerle Chucho al niño.

Matar la rata con el palito con un masculino de entre 20 y 30 años asegura, además de un orgasmo por default, un par de piernas pandeadas y la muy probable posibilidad de no poderte sentar en días.

A los de 20-30 hay que llevarlos, ser las conejas de Alicia en el país de las maravillas y correr con la colita blanca parada y más ganas de enseñar que de gozar.

Opiniones que pueden ser verídicas o no, señalan que quienes están en ese rango de edad se conocen más a sí mismos que a sus contrincantes amatorias, son capaces de dar cantidad ( lo cual no está nada mal de acuerdo con las reglas de la moral en turno) pero otras tantas veces bajan en calidad.

Los ignotos de entre 30-40 son más avispados, ceden en cantidad pero aumentan en calidad, ya pasaron por el auto conocimiento y por aquellas mujeres que buenamente los enseñaron ya sea por caridad con el género femenino o por el mero gusto de moldear la masa para descubrir una bonita figura.

Ellos ya revolcaron sus humanidades por algunas camas y son capaces de traducir gemidos, ya les nace en las manos el deseo de satisfacer para quedar satisfechos e intuyen, sin tener la certeza, el momento exacto en el que probablemente la dama en cuestión experimente una muerte chiquita.

Son capaces de escuchar y leer entre líneas cada pensamiento oculto en las eternas peroratas femeninas, saben esperar como soldados en modo de ataque el momento el que les llegue su turno y logran con las manos y con la lengua lo que no precisamente se dice con palabras.

Entre los 40 y 50 ellos saben que no pueden sostener un round de dos a tres caídas sin límite de tiempo y pronostican que su soldado no durará todo el combate, no por falta de ganas, por supuesto, sino por esa maldita costumbre que tiene el tiempo de dejar que la ley de la gravedad gane todas las batallas.

Sin embargo tienen en cada dedo un instructivo automático para hacer funcionar cada terminación nerviosa de la afortunada dama, han conocido tantas que reconocen el mapa sin siquiera abrir los ojos.

Recorren discretos y certeros cada montaña y se adentran en cada río sin salvavidas ni la necesidad de pedir permiso y ya saben que su mayor placer es darlo, así que buscan con la calma de un ocaso cada punto y cada coma de la literatura femenina.

De los 50 en adelante las referencias, personales o no, son bastante limitadas, pero me gusta imaginar que la pasión es es único ingrediente que nunca les falta.

Y las clasificaciones pueden seguir, se pueden jerarquizar por tamaños, formas y colores, por ganas disfrazadas de amor o amor disfrazado de ganas; coger, así sin tantos motes, sin nombres, apellidos o ropas que estorben es entonces un acto sin edad, porque se recorre en cada etapa un montón de vericuetos pasionales realmente inclasificables.

Twitter: @miss__ovarios
http://mariangel-elovario.blogspot.mx/

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