Maternidad Consciente parte 0 - La Precuela

Son las 4.39 de la mañana y estoy en el antecomedor escribiendo después de comer cereal.

Corre la semana 38 del embarazo, así que a veces hay noches buenas (donde duermo de corrido y todos contentos) y a veces hay noches malas, como ésta, donde no duermo nada y termino hacienda cosas raras como comer cereal y escribir entradas filosóficas y de harta intensidad intelectual.

Ya ni siquiera recuerdo cuando fue la última vez que escribí algo aquí. Si sigo a este ritmo, creo que la próxima nararrá los XV años de mi hija.

(Ya sabemos que es  niña, y se llama Layla)

 

En esta serie de posts, comenzaré a relatar lo que es la Maternidad Consciente para mí, y cómo llegué a ella.

No pretendo ser ninguna autoridad moral al respecto, simplemente compartir lo que yo he elegido a plena luz de la consciencia y asumiendo las consecuencias naturales de cada una de mis decisiones.

 

Bueno, pues menos frutilupis filosóficos y arráncate mi Sara García.

 

La Precuela

 

La historia de Layla comenzó diez años antes de que el gen X de su papá fuera siquiera un aminoácido esencial . 

La última vez, leyeron que la Dra. Emprendimiento conoce al Hombre de Acción, se enamoran y se casan.
Todo muy glamoroso y casi tan sencillo que solo faltó fondo musical de Taylor Swift para que pareciera chick flick.

 Nomás que para mí, llegar hasta ahí no fue canción de Taylor Swift sino tango de Carlos Gardel.

 

Gozar de la relación que tengo hoy en día con mi esposo, me requirió media lobotomia,  kleenex por lote y varios kilos de huevo fresco.

 

Pero vámonos por partes.

 

Llegué a éste mundo siendo la última de cinco hijos. Doce años después de mi hermano el cuarto, así que nadie me esperaba.

Pero así es la vida de vaciladora.  Un día de 1975, mi papá le dijo a mi mamá "Te ves bien" y ocho y ocho dieciseis.

 

Según me cuentan,  la noticia de mi arribo no le hizo mucha gracia a mi papá.

Cuando se enteró que mi mamá estaba embarazada, le dejó de hablar tres meses y se hizo la vasectomía.

No fuera a ser.

 

Para mi mamá, en cambio, aunque fuí un aterrizaje inesperado, le resulté tremenda alegría. Me convertí en su segundo aire, y no por nada, pero llené su vida de encanto y buena onda.

Dos reacciones muy diferentes ante la llegada de la misma persona.

 

Como ya imaginarán, crecer en medio de semejante par, desarrolló mi psique a contrapuntos.

 

Mi mamá se la pasaba diciéndome que yo era lo máximo, que qué guapa estaba, que me había hecho "busto de estatua", que no era inteligente sino inteligentísima, no brillante, sino brillantísima, simpática, elocuente, diosa del olimpo y próxima candidate a Miss IQ Internacional.

 

Mi papá por su parte, desde que me conoció, se dedicó con disciplina marcial, a recalcarme lo inadecuada y lo insuficientemente buena que le resultaba. Every singoldei.

 

Recuerdo que en la preparatoria me preguntaba exasperado, por qué yo no era como mi amiga Fulana:  Ella SÍ era flaca, distinguida y además de brillantísima -como el la consideraba-   tenía un gusto exquisito y refinado con los zapatos. (Negros, chatos y lisos, obviamente).

¡En cambio yo era una ridícula por usar calzado rojo de gamuza! 

 

El señor José (o sea mi papá) será recordado por sus próceres por aquella máxima suya que rezaba: “Cada día estás peor”.

Palabras que recetó diariamente a mi mamá, consanguíneos mayores y segura servilleta, sin falta, puntual y sin descanso, aún cuando fuera feriado.

Les digo que era muy disciplinado.

 

Gracias a los discursos simultáneos que recibí durante la infancia, crecí creyendo firmemente que era guapa, no brillante, brillantísima, profundamente inadecuada, nunca lo suficientemente buena y con un pésimo gusto para el calzado de cualquier color.

Todo esto en la vida de suburbio.

 

Así la vida hasta que un día de primavera del 2000, mi mamá se murió.

De puros pantalones.

 

Decidió que eso, justo eso que llevaba, ya no era vida. Y como la mujer audaz y determinada que siempre fue, dispuso que si teníamos tele ahí nos veíamos, porque ella se largaba a otro plano astral.

Yo tenía 23 años.

 

Oficialmente, ha sido la experiencia más difícil de mi vida;  me partió el eje y quedé convertida en escombros.

 

Regresando del velorio, comenzó lo evidente: mi papá y yo nos quedamos solos.

Mi mamá ya no estaba y mis hermanos hacía mucho que ya se había ido.

 

Con su blanco principal de años en Jardines del Recuerdo, giró la mirada y reacomodó la diana ahora sobre mi cabeza.

Yo ya no tenía escudo humano que me protegiera ni contrapeso que me dijera lo simpática ni brillante que era.

Quedé mas o menos como patito de tiro al blanco en feria de pueblo.

 

Para aquellos albores del siglo XXI, yo ya gozaba con una trayectoria romántica digna del Heraldo de México.

No sé si era mi peinado de media cola o mi falda sin planchar, pero siempre fuí muy popular.

 

Mi primer novio fue a los 8, (un tipo apasionado de 7 que me enviaba cartas de amor) y a los 23, podía presumir ya de conocer el "amor del bueno", gracias a dos relaciones juveniles pero profundas, amorosas y significativas: la primera en la preparatoria que duró un año, y la segunda en la universidad, que duró seis.

Pero con la ausencia de mi mamá, el desequilibrio de la balanza no tardó en aparecer.

 

Más tarde, (con mucha terapia) salió a la luz que sin el contrapeso materno, comencé a replicar en mis vínculos románticos la relación que ya conocía y me era familiar, es decir, la que tenía con mi papá.

Así empecé a involucrarme con puro cretino digno de Criminal Minds.

 

Entre las joyas con las que me emparejé estuvo "Don Pigmalión"

Un sujeto que cuando subí de 48 a 50 kgs. comenzó a decirme que estaba gorda y que tenía brazos de pozolera.

Para salir con sus amigos, me revisaba las etiquetas de la ropa. El debía autorizar no solo el outfit que yo usaba, sino además que fuera de marcas que estuvieran a la altura del jet set de sus comparsas mamertos.

 

Me indicaba cómo pararme, cómo comportarme, y en otra ocasión, me solicitó de la manera más atenta que me moderara,  que  por favor no me riera tanto porque era de mal gusto. Que las chicas refinadas se controlaban y guardaban la angostura y compostura.

 

A la sugerencia número 5,678 estallé y le dije que me dejara de fastidiar.
Don Perfectín replicó ofendidísimo que "el que me quería tanto que me quería mejorar" y que que malagradecida que no apreciaba todo su cariño y esfuerzo para exorcisarme a mi Lucila Mariscal. ¿Así como iba a entrar a la aristocracia sateluca?

 

Yo, ávida de amor y aceptación, - y acostumbrada a que siempre me recalcaran lo inadecuada que era- , mordí el anzuelo: la percepción tan distorsionada que tenía en aquel entonces no me permitía entender la manipulación y la violencia  de la cual estaba siendo objeto. Al fin y al cabo, "estaban envueltas en "amor" y "buenas intenciones"

Era lo que conocía.

 

Afortunadamente, la vida siempre tiende a la auto preservación, y seguramente mi mamá mando a algún ángel justiciero para hacerme el paro.

 

Una tarde, Don Perfectín llegó muy contrariado a mi casa y me dijo que "le gustaba el 99% de mí pero que no sabía qué hacer con el 1% restante porque le afectaba mucho"

 

¿Después de que me esforzaba tanto y me sale con eso? Tuve mi único momento de lucidez y lo mandé a volar. Sáquese a la chingada tú y tu pigmalion, porque yo no quiero ser mejor, yo quiero ser yo.

 

Lloré como la magdalena por haber "perdido" a Don Pigmalión, pero de alguna manera, en el fondo, obnubilada y todo, sabía que había hecho lo correcto.

 

Mi desfile de príncipes desencantadores continuó sin parar: Otro tipo resultó un sociópata que me mandaba seguir, uno más siendo mi novio me recalcaba sin cesar que no contara para nada con él, otro que el y yo no éramos nada...(les digo que si algo no me faltaba eran voluntarios) ad infinitum.

 

Es muy fácil juzgar y tachar de tontas a las mujeres que viven en relaciones disfuncionales o de violencia.


Nada más que no se trata de educación ni de ser racional (yo hasta a la universidad había ido, y además de todo no soy brillante, sino brillantísima). Son las  carencias emocionales tan profundas las que nos mantienen ahí.

 

Así que, pasé de tener relaciones lindas y estables a una serie de desatinos patéticos y dolorosos muy nocivos para mí y mi autoestima.

Eso y que casi ni padecía margalopizmo agudo, hizo que deambulara dos años llorando por los rincones... igualito que la muñeca fea.

 

"Escondida por los rincones. 


Temerosa de que alguien la vea. 


Platicaba con los ratones 
la pobre muñeca fea. 



Un bracito ya se le rompió. 


Su carita está llena de hollín. 


Y al sentirse olvidada lloró 
lagrimitas de aserrín"

 

En medio de semejante mercado de lágrimas, hubo dos comentarios parteaguas que me llevaron a la auto reflexión.

El primero, después de contarle mi "fracaso amoroso" núm. 537 a la mamá de mi mejor amiga, ella me respondió: "Quizá valdría la pena que revisaras que estás haciendo TU para engancharte con este tipo de sujetos"

 

- "¡¡¡¡¡¿¿¿¿YOOOOOOOO????!!!!!" Ahhh noooooo, eso sí que noooo Señora Margarita, ¡ESO SI QUE NO!
Si yo soy aquí la víiiictima, la pobrecita,  mártir de Nacozari, vírgen celestial de los pueblos cueteros, alma inmaculada, maltratada y desdichada, damnificada del amor y huérfana de la dicha conyugal.  ¡Eso es lo que soy!

 

"Lo que pasa es que todos los hombres son unos DESGRACIADOS Señora Margarita, ¡DESGRACIADOS!
Yo que voy a hacer, que va, yo tan linda, nomás eso me faltaba..."

 

De alguna manera, el comentario se quedó haciendo ruido en el subconsciente y más tarde encontraría salida.

 

El segundo momento, fue cuando un entonces amigo a quien yo consideraba bastante brillante y sano emocionalmente, me dijo:

- "Tu eres la candidata ideal para andar con un patán"

- "¿Yooo? ¿Y yo por qué?"

- "Porque estás bien guapa y bien pendeja"

 

Me quedé como paleloca.
Eso sí que era terapia de shock.

Necesitaba algo así de confrontador y ofensivo para obligarme a la auto reflexión.

 

Así que, ésta, su mártir de Nacozari, vírgen celestial de los pueblos cueteros, y huérfana de la dicha conyugal,  por fin hizo un alto en su vida y comenzó a mirar hacia adentro.

 

"Ya me cansé de sufrir. Si cortar duele (y eso que eran relaciones de pacotilla) divorciarse debe ser una madriza". - Pensé elocuente y brillantemente.

Me hice un auto-intervención.

Aproveché que tuve una semana en la soledad porque mi papá andaba de viaje, y me encerré en mi casa a llorar mi desgracia. Todos y cada uno de mis infortunios:

 

Que no me trajeron la Tip y Ton, que la Máquina de Raspados era un timo, que Daniel el vecino nunca me hizo caso, que todavía no me alcanzaba para operarme la nariz, y sobre todo, que Fóforo Cantarranas, Sinfónico Fonseca, Isidro Cotorrón, Titino Tinoco, Telesforeto Colín, Jovito Capaloros y Vagancio Pocaluca eran unos DESGRACIADOS.

 

Escribí, lloré, me soné los mocos, volví a escribir, a llorar y a sonarme los... bueno, ya saben.

 

Dentro de mi catarsis burrónica, realicé un ejercicio harto ilustrativo:

 

En una tarjeta (como esas de fichas bibliográficas), escribí el nombre del desgraciado en cuestión, cómo había empezado, y cómo había terminado.

Vacié mis sentimientos por el interfecto, cómo me había hecho sentir (bien y mal), el amor y el desamor.

 

Así junté todas mis fichas, y las puse todas juntas.

 

El resultado fue DEMOLEDOR.

 

Todas decían lo mismo: Fóforo Cantarranas, Sinfónico Fonseca, Isidro Cotorrón, Titino Tinoco, Telesforeto Colín, Jovito Capaloros y Vagancio Pocaluca eran exactamente el mismo personaje. Solo variaba la altura y el peinado.
Qué digo copias, ¡clones!

¿Y qué tenían todos en común?

Pos yo.

 

Me quedé helada y creo que hasta me dieron ganas de vomitar.

 

Me había dado cuenta que era yo, oficialmente, el imán para desgraciados.

Santísima Madre de Alubia Salpicón.

 

Todo por andar de proactiva.

 

Fue entonces que ahí sí, eché mano de mi IQ de astronauta:

"Si no lo arreglo AHORITA, el curso automático de las cosas es que voy a elegir marido desde la patología y no desde la salud" Voy a escoger a un desssssgraciado que me cumpla el patrón, y al final me voy a divorciar"

 

Así que tres cajas de kleenex y varias fichas bibliográficas después, la auto intervención tuvo resultados concretos: Terminé con el novio de turno y me dediqué a tomar cuanto recurso y herramienta de curación y auto superación cayera en mis manos: hipnosis ericksoniana, libros, seminarios, conferencias, temazcales, angeles, vidas pasadas, numerología, consultas con Cardini en la Torre Latino...etc.

Limpieza con ajax de las neuronas y el alma.

 

Decidí que era hora de realizar mi sueño, así que ahorré, vendí mi carro, mandé todo a la mierda y me fuí a vivir a Europa.

 

Ese fue solo el principio del proceso.

Todavía en el viejo continente, tuve relaciones defectuosas, pero cada vez eran mas sanas y la mejoría era evidente.

 

Dos años después, (y lejos de mi papá) era una mujer autónoma, independiente y audaz que se había construído una vida y aún con 8 kgs. de maciza extra, con un pegue fenomenal :)

Cuando el ciclo europeo terminó, regresé a vivir a México. Con mucha claridad y seguridad de lo que quería.

Todavía, tuve una última relación relámpago nefasta. Pero como dice mi hermana, el último ciclo del patrón es cuando se vive en consciencia.

 

Cada paso que daba en aquella truculencia, lo vivía de forma presente y conscientemente.

-"Ah! ahora estoy reaccionando así, porque tengo miedo que x"

- "Ahhh! este tipo se está pasando de lanza porque yo no le paré los tacos en z"

And so on.

 

Después de eso, el último veinte que me cayó fue que todo lo que buscaba y necesitaba de un hombre, era exactamente lo que yo tenía que darme a mí misma.

 

Si quería que  me valoraran, debía valorarme yo. Si esperaba contención y apoyo, la primera que debería estar para mí misma, era miguelita.

Amor, respeto, admiración, etc. etc.

Debía auto-llenarme de lo que necesitaba, para estar con alguien para compartir plenitudes y no subsanar carencias.

O lo que es lo mismo: Debía convertirme en la persona que tanto añoraba.

Al fin y al cabo, las chanclas vienen en pares.

 

Y como la vida es un excelente restaurante, al poco tiempo, apareció El Hombre de Acción.

Mi esposo es la persona emocionalmente más sana que conozco. (Una de las razones por la que más lo admiro y una de tantas por las que que me casé con el).

Si yo no hubiera hecho todo este proceso, no me hubiera alcanzado para un hombre así.

Y el, por el grado de salud y autorespeto que se profesa,  no hubiera tolerado una mujer insegura y llena de carencias por rellenar.

 

¿Y qué tiene que ver todo esto con Layla?

 

Pues todo.

 

Porque El Hombre de Acción no solo es mi esposo, sino será su padre.

El le enseñará que los hombres son criaturas maravillosas, presentes, amorosas, divertidas, protectoras y fascinantes.

 

Aprenderá antes de entrar al kinder, que lo normal en la relación con un hombre es que te respete, te ame, te cuide, te admire y se sienta orgulloso de ser tu compañero.

 

Layla tendrá un padre maravilloso gracias a que su madre fue lo suficientemente valiente para romper el patrón y cambiar su historia.

 

Y eso, eso es para mí es el comienzo de la maternidad consciente.

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