Imagen femenina: Inspiración y creación

La imagen de la mujer se ha representado desde la prehistoria, escenas de vida cotidiana, figuras femeninas, relacionadas con deidades o manifestaciones de rituales vinculados a la fertilidad, son comunes a todas las culturas; la presencia femenina en la antigüedad quedó registrada  como madre y diosa a través de la pintura, la escultura o la cerámica.

En el arte de tradición judeo-cristiana la imagen femenina estuvo condicionada por la religión; la mujer se representó al servicio de Dios o como imagen de devoción; virgen o santa. Fue durante el Renacimiento que la mujer sirvió como inspiración, como una manifestación de la sensualidad, la belleza o el amor, podríamos evocar las figuras femeninas de Botticelli o la Mona Lisa de Leonardo; pero también se situó entonces a la imagen femenina entre lo bueno y lo malo, entre lo bello y lo perverso, como María virginal o como Eva pecadora. 

Durante el siglo XVII se volvió a representar a la mujer como inspiración de un ideal, como madre o esposa, en escenas domésticas o de labores. En ésta época fueron comunes los retratos de damas de alto rango, en el que demuestran su belleza y su condición social, para conseguir un buen pretendiente o para enaltecer el poder de su marido. Ricas o plebeyas, la mujer estuvo supeditada al lugar que le concedía el hombre, a la libertad que le permitía y a las restricciones que debía acatar. No fue distinto en los siguientes siglos. 

A lo largo de la historia la mujer fue y continúa siendo un modelo de inspiración pero ¿Qué hay de la mujer artista? Qué hay de la mujer que se desmarca del papel tradicional que la sociedad le ha asignado de hija, esposa y madre. Pocos son los documentos que demuestran que la mujer desde siempre fue una creadora y desafortunadamente el estudio de su trabajo se registra en la historia del arte como grandes excepciones. 

En el año 975 la monja Ende de Girona firma las primeras ilustraciones que se conocen con autoría femenina, otros ejemplos son las pintoras Sofonisba Anguisola o Marieta Robusti, hija del famoso pintor Tintoretto, que destacaron en la Italia de fines del 1500. De algunas otras se perdió el rastro como Judith Leyster en el Flandes del 1600 a la sombra de su marido el pintor Gerard von Honthorst. 

Durante el barroco, época en la que florecieron las Academias o agrupaciones que profesionalizaban el arte, la mujer no tuvo libre acceso y si tenía la oportunidad no podía tomar clases de desnudo y de otras materias que se consideraban poco apropiadas para su formación. En el siglo XIX la perspectiva cambió un poco ya que la educación de materias artísticas era parte de la formación de una mujer de buena posición social. No fue hasta las primeras décadas del siglo XX que las mujeres tuvieron una presencia definida y un reconocimiento como artistas.

En México creadoras como Nahui Ollin, Frida Kahlo, María Izquierdo, Lola Álvarez Bravo o Fanny Rabel entre muchas otras, lucharon por conquistar un sitio destacado en la pintura y en otras disciplinas concedidas especialmente a los hombres como el muralismo o la fotografía.

Sería oportuno preguntarnos en qué hemos fallado, porque se siguen celebrando días vinculados a la imagen femenina y porqué sólo esos días recordamos que somos algo más que una imagen, algo más que una moda diseñada con valores preestablecidos. 

Hace falta continuar reivindicando que las mujeres no sólo somos una representación artística, una figura de exposición o un ideal que nos asigna la sociedad; somos individuos que hemos aprendido de la experiencia, de la historia de otras mujeres que han hecho el gran esfuerzo de salir del olvido, que han demostrado fortaleza y defendido su poder creador. 

Ser esposa o madre es una elección no una obligación. Ser artista, ser creadora es ante todo una manifestación de talento, que se afronta con inspiración, fuerza y valor.

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