Miró alejarse el audi, cerró la puerta y sonrió. Se sirvió un Jack Daniels y subió a la terraza para terminar de ver el atardecer.  En su mente empezaron a girar las imágenes, desde aquella noche que chatearon hasta la madrugada, él en Cabo y ella en Madrid; la cena que les regaló una oportunidad para jugar con sus manos y atreverse a rozar sus labios; el explosivo primer encuentro sobre el escritorio de su oficina; partidos de fútbol, desayunos y noches furtivas, viajes de playa, reuniones y miradas largas.

Habían recorrido un camino sinuoso, salpicado de sonrisas, orgasmos, letras, lágrimas, abrazos y alas.

Él tenía un corazón cuidadoso y ella era paciente. Él jugaba a ser estoico y ella valiente. Ambos apostaron en silencio por la complicidad de la danza de sus cuerpos y la música que componían cada vez que se escapaban a su universo paralelo.

Habían pasado muchos meses, cumpleaños, navidades, años nuevos, algunos festejados y otros tristes. Pero mirando el camino en blanco y negro sólo cabía algarabía en su corazón, hoy podía reconocer el amor en sus ojos, la dedicación de sus manos y su cadera, los espacios ganados y compartidos, los minutos robados al mundo y la imaginación de caminos, viajes y tardes convertidas en volcán.

Su entrega era tan profunda que a ratos le robaba el aire, era inexplicable la cercanía aún en el silencio y la distancia, no había resquicios sin tocar ni luna sin compartir, su primer pensamiento al despertar y su último suspiro al dormir, saberse suyos sin cortapisas, sin anillos ni papeles, en esa magia que sólo ellos entendían y que hacía vibrar el infinito de sus sueños.

El sol se metió y ella terminó su whisky. Siguió sonriendo, seguramente el viento le llevaría el beso de buenas noches.

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