Cuánto ha cambiado mi vida. Hace pocos años la anfitriona, chef, galopina y decoradora de las fiestas propias era yo. Siempre ayudé en casa de la suegra y en la de mis padres. También me ocupaba de llenar el trineo de regalos, envolverlos, esconderlos y acomodarlos bajo el árbol.

Ahora vivo sola, no compro regalos, no pongo más adornos que una corona en la puerta y un par de monigotes que me gustan… ahorro muchísima energía.

Ya no ejecuto sola la cena, más bien me pongo a las órdenes de mi madre que, cucharón en mano, comanda con rigor inquebrantable su ruta caótica.

Llevo dos días lavando, picando, trapeando, vigilando cocciones y sazón, limpiando salpicaduras, pisando las croquetas que su perro saca del plato, escarbando en mi otrora ordenado refrigerador para encontrar una cebolla, corriendo por más pan y regalando bolsas de baguettes de tanto que sobró. ¿Se acuerdan del conejo con prisas de Alicia? Igualita mi madre pero con el cuchillo cebollero en la mano.

De ahí vengo: ella me enseñó a cocinar, me enseñó que toda fiesta empieza entre peroles y que el gusto de ver comensales satisfechos y ahítos hace que todo el trajín valga la pena.

También soy hija de mi padre que aprecia una mesa linda, buen vino, buena música y una conversación agradable.

A mis hijos les gusta todo: la chorcha, el desorden, la casa linda, el banquete y la charla.

Llevo medio maratón; falta fin de año y año nuevo. Son las diez de la noche de la Navidad. Mi casa necesita limpieza profunda pero ya será después. La fiesta fue muy agradable.

Ahora estoy en mi cuarto, escuchando música, tomándome una última copa de vino en sosiego, disfrutando inmensamente del silencio y de la desintoxicante soledad.

Cuánto ha cambiado mi vida, cuánto he cambiado yo.

 

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