Dijeron que no se enamorarían el uno del otro, que solo serían algo así como un vaso de agua en mitad  del  desierto, que jamás necesitarían andar ahí por la vida uno aferrado a la mano del otro y no habían acabado de pronunciar sus votos de desamor y libertad cuando se encontraron el uno al otro con ese extraño brillo de aquellos a quienes se les ha disparado la serotonina.

Había que cumplir las reglas, continuar con los lineamientos y seguir a pie juntillas el decálogo de los libres de alma y corazón, pero andaban ahí todos confundidos, como si no se supieran al dedillo la retahíla de "no dormirás a su lado", " no l@ llamarás por su nombre en medio de la acción", "no hablarás a deshoras para manifestar tus cursis y raros extrañamientos", entre otra larga lista de cosas inoperantes para quienes quieren mantener su estabilidad emocional intacta, aunque quede muerta.
Y hubo momentos breves en los que sus ojos se encontraron, en los que se buscaban a tontas y a locas las manos en medio de la gente y ya dormidos e inconscientes sus narices perseguían el olor del otro y con una mano aferrada a los dedos del otro se repitieron mirándose a los ojos que no se enamorarían, poco sabían que el inmaduro y poco juicioso Cupido ya les había lanzado alguno de sus estúpidos y desatinados dardos.
Había entonces dos posibles soluciones, fingir que nada había pasado y continuar experimentando ciertas perdidas de autonomía y buenas decisiones o alejarse como quien huye de la roña, pero decidieron lo primero y al día siguiente ya estaban los dos llenándose de letras, repasando con la mente lo que habían repasado con los dedos las noches anteriores.
No había escapatoria y los dos confiaban en que sus corazones ya curtidos por la vida pronto soltaran el amor recién estrenado, confiaban en sus ganas de correr hacia la libertad, de no tener más ataduras que las propias y volar tras otras ilusiones efímeras pero menos peligrosas.
Nunca sabrían entonces en qué acabaría ese juego, jamás en sus años de ser corredores emocionales se lo habían preguntado, principalmente porque no tenían el menor interés de aferrarse a alguna historia que después les haría añicos las ganas de consolidarse para formar parte del entramado social demandante y repetitivo del "y tu para cuándo".

Desde aquél día, hasta entonces, han corrido muchos minutos por el reloj, los arboles han cambiado sensual y discretamente sus hojas y ellos siguen con los zapatos de correr puestos y las espadas desenvainadas, listos para zarpar en el barco del olvido, pero como todavía no saben si la travesía del abandono vaya a ser una realidad, siguen ahí, buscándose las manos, mirándose a los ojos y repitiendo incansablemente sus nombres.

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