De niña vivía en una casa muy grande, cuidada por mi abuela y una de sus sirvientas que tenía una gran joroba, dientes postizos y el pelo negro como mi actual consciencia, nadie sabía bien a bien cómo cuidarme ya que era una niña bastante inquieta, así que me infundieron miedos múltiples de duendes escondidos por toda la casa, para que no me alejara del patio y de la cocina.

Gran parte de mi vida transcurrió ahí acostada en los baldosines blancos de la gran cocina estilo medieval, en cuyo reluciente techo color naranja me miraba reflejada mientras estaba yo en el piso, tirada y agobiada de aburrimiento.
Mi abuela me daba bien de comer, un huevo crudo o naranjas partidas a la mitad, y me gustaba ver el jugo resbalando por mis antebrazos formando surcos grisáceos de mugre, la consigna era quedarme siempre en el mismo lugar parada para no ensuciar el resto de la cocina, ni los vestidos que me ponía mi abuela.
Una vez que terminaba, me mandaban al patio a jugar y una cubeta era todo mi avituallamiento para aquel patio color de manzana, donde un árbol de guayabas me miraba susurrar mis soledades y atormentar igual a hormigas que a gusanos y lagartijas.
Así inicié mi tortuoso viaje por la primaria, todas las niñas bien peinadas y de uniformes nuevos almidonados, yo, con los uniformes que iba dejando mi hermana mayor y con los gajos de limón ataviando las largas trenzas que mi madre se empeñaba en dejar crecer.
Siempre me sentí diferente a todas esas niñas, todas tenían lindas mochilas, uniformes nuevos y papás importantes que llegaban a buscarlas en sus grandes coches, a mi, a veces me olvidaban en el colegio y aunque pasaba hermosas tardes jugando en la fuente azul, de lo que antes había sido un internado para niñas bien, nunca me dejó aquel sentido de abandono.
Transcurrieron los años y de ser la virgencita de la pastorela del preescolar, me transformé en maridiablo, las misses me odiaban y las niñas también, no me quedaba quieta en ningún lado y las maestras mejor me mandaban lejos del salón a hacer encargos inútiles, muchos de mis recreos los pasaba en la biblioteca, leyendo historias de niñas bien portadas y queridas por todo el mundo.
Repetí segundo año de primaria lo que se volvió mi cruz, no era fácil mirara a mis "amigas" formadas en las filas de las niñas grandes de tercero y yo, aún continuaba en apostada en el segundo grado, y así pasaron mis años escolares, sintiéndome menos, muy chiquita y poco requerida en la vida escolar.
Al concluir la primaria, una de las maestras dijo que no podía seguir en aquel colegio rimbombante, no por falta de cupo, sino por mi falta de cabeza, así que hice algún examen en otra escuela y mi poca cabeza salió a relucir, así que me mandaron a otra escuela, de monjas igual, de donde también, al cabo del tiempo, me invitaron amablemente a abandonar.
Los motivos, hacer cosas fuera de lo común, aventar mochilas desde un tercer piso, derramar corrector en la falda de alguna maestra, mentarle la madre a la de inglés, comer en clase para luego argumentar que era pecado tirar la comida y que las maestras no eran autoridad moral para hacerme pecar de ese modo.
Con el paso de los años, me fui tranquilizando, fue igual el miedo que me imponía mi mamá o el entender que de cualquier modo había que acabar decentemente la educación básica los que me impulsaron a seguir quieta y encerrada en cada una de las aulas que me acogieron a mi y a mi mala cabeza.
Por obra y gracia se altísimo concluí medianamente bien y después me convertí en la mamá de un niño con ojos de sabio, me aventé una licenciatura en educación, porque no sabía como educarlo y me di cuenta de que Piaget no tenía nada que ver con el trato real hacia un niño pequeño.
Y como bien lo predijo mi madre quien en mitad de sus peores enojos me decía "pagarás con tus hijos lo que haces conmigo" mientras me apuntaba con su dedo flamígero y si, ahora se lo que es vivir con hijo por demás inteligente que no se conforma con quedarse quieto en una banca y que a su vez, me tiene tan poco miedo que las advertencias y castigos le parecen cosas de niños.
Nos hemos pasado la mitad de su vida en psicólogos y terapias y una vez por azares del destino hasta le hice una limpia con unos brujos de Catemaco, el no tiene mala cabeza como yo, pero si tiene poco miedo y respeto a las instituciones, y por lo que veo, no pretende quedarse jugando solo en la biblioteca de la escuela.
Las maestras están haciendo brazo, escribiéndome cada una, cual bitácora náutica, todas
y cada una de las travesuras de mi chamaquito, y casi pude ver cómo hoy por la tarde una de ellas me prendía de una oreja y me llevaba otra vez a la dirección como en mis antiguos y gloriosos días, sólo que esta vez no se trataba de mi, sino de mi hijo.
El viaje a las direcciones escolares apenas comienza, y yo que creía que dejaría de visitar aquellos lúgubres lugares atestados de diplomas, sólo que ahora no se trata de mi (o quizás si), sino del hijo que salió tarde de mis entrañas y que fue llenando cada una de mis lunas con sus eternas preguntas.

Twitter: @Miss__Ovarios
http://mariangel-elovario.blogspot.mx/

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Comentario de Mari Carmen Ontanon el diciembre 30, 2014 a las 9:31pm
Recién estoy siendo parte de este blog y leí tu relato me encanto!, las personas tienden a pensar que la infancia es una etapa de felicidad y en ocasiones puede haber mucha soledad y sentimientos de no pertenecer, te felicito poder expresarlo de la forma como lo haces habla de que esa mariposa ya salió de su capullo!!!

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