Hay quienes tienen temor de llegar a su vejez solos, sin esa oreja medio sorda y añosa que les medio escuche las quejas del cuerpo en declive,  la espalda, el estómago y los gases no controlados.

Viven buscando con quién pasar sus días y cumplir al menos alguno de los siete sacramentos,  pasear de la mano en una sociedad que no permite andar solo y emite la pregunta incómoda, y "tú para cuándo",  que es como la pelusa blanca en el ojo.

Yo lo que temo, no es la pelusa, ni una mano sin asideros, ni siquiera la oreja de medio uso que me escuché los agobios, me da miedo más bien rendirme y sucumbir a la vida y sus costumbres,  a la sociedad que no tolera a los libres y al terror de elegir nada más por el hecho de saber que "se me está pasando el tren".

Y quizás por eso porto como un trofeo una década de soledades compartidas y sin compromisos y aunque los gurús, familiares y amigos pronostiquen algún trastorno emocional ante una ruptura amorosa a temprana edad, lo único que sé es lo que ya no necesito en mi vida.

Ya no puedo, ni quiero hacerme cargo de alguien más que no sea yo, me cansa hasta el hartazgo sentirme responsable del bienestar de otros cuando sé de sobra que cada quién es responsable de su bienestar, y  si, probablemente sea una hedonista patológica y el tiempo debió haber madurado mis heridas,  pero me queda claro que si llego a encontrar una mano fija, sería únicamente por el placer de sentir un tacto diferente al mío, por el gusto de compartirme las miradas con alguno y no por la manía que tienen los seres humanos de aferrarse a no estar solos.

Y no, no es una eterna huída al compromiso, sino la certeza de que en algún lugar no muy lejano, o si, existe alguno que no espere que uno se amolde a su vida, a sus ires y venires y que al tiempo se convierta en una copia barata de ideales adquiridos y no propios.

Al paso de los años se abraza la idea de que no siempre el amor es suficiente,  que hay mas cosas en la vida real y sus constantes devenires, que la falsa idea de haber hallado al amor verdadero y conformarse  con pensar que a lo mejor esas diferencias insondables serán reparadas con los polvos mágicos del amor.

También otras tantas veces me aferro a la idea de que sí,  de que hay alguien mirando al cielo pensando en mi aún sin conocerme,  tal como yo lo hago, que recrea imágenes de compartir la vida y sus fluidos sin tanto conflicto de intereses, ni luchas de poderes, que solo es por el gusto de mirar juntos al mismo punto y sí, también me imagino compartiendo el desayuno y sostener debates post coitales, pelear guerrillas sin impotencia que acaben en ataques de risa y vivir cada día como si fuera el último.

Pero también es un acto de amor pronosticar que algunas historias merecen un buen final antes de convertirse una novela de lágrimas del corazón olvidada en algún baño de una cafetería en declive, que merece la pena correr antes de herir porque se sabe por experiencia que el amor nunca es suficiente.

El Ovario

Twitter: @Miss__Ovarios
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