Hubo un tiempo en el que tenía una memoria extraordinaria, era un directorio telefónico andante. Me aprendía canciones, coreografías y lo que fuera.

Pero un día me convertí en mamá y todo cambió. Mi memoria poco a poco se fue llenando. Ahora debo anotar casi todo, y he llegado al punto de tener que decir en voz alta las cosas automáticas que hago como guardar el celular o quitar las llaves de la puerta, todo con el fin de no olvidarlo.

Pero hay una memoria que no falla a pesar del tiempo, el estrés diario y mi circo de cinco pistas: mi memoria olfativa.

Casi siempre se activa sola y en los momentos más inesperados, todas las veces me produce sobresaltos, pero lo más increíble es que lo que comienza como una recuerdo oloroso, acaba siendo un recuerdo completamente vívido de emociones, no siempre buenas.

Hay particularmente tres olores que sin importar el paso de los años me hacen sentir lo mismito que hace una década.

Por ejemplo, el olor de un perfume en particular que ni bien lo percibo, un frío me invade alrededor de todo el cuerpo, para cuando me doy cuenta, mi estómago es ya un hoyo negro e inmediatamente la memoria en la cabeza me recuerda los ataques de ansiedad que me provocó una de las relaciones más terribles que tuve en el pasado y que me mandó al psiquiatra. Todo en cuestión de segundos.

Hay un olor que no sé qué sea pero que se quedó impregnado en un pañuelo de mi bisabuela. Es un pañuelo que está por cumplir 100 años, que se lo tuve que robar a mi abuela, la suegra de mi bisabuela. Es lo único que me queda de esa mujer dura, implacable, que fue una Adelita de la revolución mexicana, obrera de la fábrica de balas del ejército mexicano, que tuvo un hijo fuera del matrimonio en una época terrible para las mujeres, que me tenía prohibido decirle bisabuela, y por quién llevo uno de mis dos nombres.

Ese pañuelo se ha lavado, lo he llevado a la tintorería, lo he usado por temporadas y no entiendo cómo pero mantiene un olor en particular que me hace situarme en la sala de su casa de piso verde, su ropero con llave y los muebles de madera tallados a mano. De ella prácticamente no recuerdo su rostro, pero sí ese miedo que me daba entrar a su casa cuando tenía seis años y que su cara de enojo me paralizaba.

Otro olor que sin querer me construí yo, en la adolescencia, es el de hornear panes y pasteles. Hay temporadas en que horneo mucho, hay temporadas largas en que lo dejo; sin importar el tiempo entre una horneada y otra, en cuanto el olor comienza a salir del horno puedo recordar perfecto la primera vez que hice rosca de reyes a los 16 años. Iba hacer sólo una y acabé haciendo como 15 para toda la familia, mi memoria mental se activa ubicando mis pasos por la calle de Mesones, en el Centro, buscando un ciento de muñequitos blancos para la rosca. ¡Qué tiempos aquellos en que quería ser panadera profesional!

Mi memoria olfativa va más allá de mi voluntad, es como si tuviera una vida propia que se activa, lo quiera yo o no.

No deja de impresionarme cómo, además, el cuerpo también tiene una memoria y puede revivir momentos maravillosos, así como las sensaciones más desoladoras, con un simple olor.

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